OPERACIÓN PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2014. 3º capítulo

3º capítulo

Cuando el señor ministro, en su desesperación, se puso en manos de una americana con pinta de espía que no conocía de nada.

El pobre José Ignacio casi no había pegado ojo. A pesar del cansancio, no le costó salir de la cama cuando sonó el despertador porque durante los escasos y cortos intervalos de tiempo en que había consiguido conciliar el sueño una recurrente pesadilla lo había atormentado: le entregaban el premio Nobel de literatura a él, hasta ahí todo bien. La cosa se torcía cuando se enteraba de que con el premio quedaba obligado a promocionar su último libro –una novela chick-lit plagiada de El diario de Bridget Jones– durante un año entero en todos los supermercados del Corte Ingles en España. Con las verduras y las frutas a la derecha y los huevos y los tetrabriks de leche semidesnatada a la izquierda, sentado en una pequeña mesa de madera, repetía una y otra vez las bondades de su prosa. Pero lo peor no era eso; lo que de verdad lo había hecho sufrir durante el sueño y despertarse repetidas veces angustiado, con taquicardia y sudando abundantemente era que su nombre de escritora era “Belen Estaban” y que invariablemente realizaba las presentaciones con minifalda, peluca rubia y unas grandes tetas que, aunque intentaba palparse, nunca conseguía saber si eran suyas o formaban parte del attrezzo. Para más inri los periodistas –todos ellos hombres- que acudían en masa a sus ruedas de prensa, en lugar de prestar atención a sus argumentos sobre la profundidad de los abismos existenciales en que se encuentran las protagonistas femeninas de las novelas chick-lit, pasaban el rato mirándole las femeninas piernas que la minifalda dejaba al descubierto y las patas de la mesa enmarcaban.

A las nueve de la mañana en punto sonó su móvil personal. Al percibir que en pantalla había un número en lugar de un nombre –no era ninguno de sus contactos- decidió no responder. Solo cuando desde el mismo número, y en el corto espacio de cinco minutos, recibió la tercera llamada cambió de opinión y descolgó.

– Dígame- dijo el ministro con tono neutro-.

– Buenos días, señor ministro, mi nombre es Fiona McIntyre y estoy en condiciones de solucionarle el problema más grave que usted tiene ahora mismo –dijo una voz que, aunque utilizaba un perfecto castellano, tenía acento del sur de los Estados Unidos-.

– No sé de qué me está usted hablando. Voy a colgar – después de lo de Snowden, los de seguridad le habían aconsejado que nunca respondiera a un número desconocido. Ya se estaba arriesgando demasiado-.

– Trabajo en la filial para Europa del sur de la firma Sucker, Rothschild & Slaughter. Tenemos información confidencial sobre un encargo que le ha sido realizado, algo referente a un premio sueco. Le estoy llamando desde la puerta del edificio. Si me deja subir, en 5 minutos le puedo estar mostrando cómo operamos y qué solución tenemos para su problema.

– ¿De dónde ha sacado usted …?

– ¿Me permite subir? –preguntó la voz de forma tajante y autoritaria-.

Por una extraña conexión cerebral o a causa de un oscuro trauma infantil, que no tenía ninguna gana de investigar, a José Ignacio siempre le había resultado difícil decir que no a una mujer con fuerte carácter. Al mismo tiempo, esas mujeres le resultaban atractivas. En aquella voz percibió un carácter tempestuoso.

Seis minutos más tarde.

– Tanto gusto, señorita. Mientras usted subía he buscado el nombre de su empresa y no sale nada en Google –dijo desconfiado el ministro-.

– Los mejores servicios secretos del mundo tampoco aparecen, señor ministro –respondió la americana con media sonrisa  pero con voluntad de cancelar el asunto-.

Los dientes de su inesperada visitante brillaban iluminando todo el despacho; eran tan perfectos que seguro que eran fundas, concluyó José Ignacio. Le calculó poco más de cuarenta años y varias horas diarias de gimnasio. Sentada en aquellos sillones bajos sus piernas de mujer de metro ochenta tenían problemas para encontrar una postura de descanso suficientemente decorosa. El ministro, con la intención de concentrarse en la conversación intentó pensar en el mecanismo interno de un reloj -lo menos excitante que había visto en su vida-. Ese método siempre la había funcionado.

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– Entonces ¿me está usted diciendo que pueden hacer que cambie la decisión de la Academia sueca y que elijan a nuestro candidato? Le advierto que tenemos poco tiempo.

– Estamos especializados en misiones difíciles. ¿Quién cree usted que consiguió el éxito en EEUU de un escritor tan farragoso y pesado como Roberto Bolaño?

-¿No fue Andrew Wylie, “el chacal”? –preguntó el ministro con la misma cara que pone el empollón de la clase cuando se sabe la lección y levanta la mano tras la pregunta de la profesora-.

– Andy, efectivamente, fue nuestro cliente en aquella operación. Compruebo que está usted bien informado.

La americana se incorporó hacia delante, acercándose, para que el ministro pudiera escuchar el nombre de su cliente que, con intención de mostrar discreción, pronunció en un tono de voz más bajo.

– Apórteme más ejemplos de sus clientes y de misiones difíciles –pidió el ministro con una expresión divertida, le encantaba enterarse de aquellos entresijos-. Le garantizo confidencialidad. Soy una tumba, señorita.

– Puedes llamarme de tú, Jose Ignacio. “Fiona”, por favor.

– Gracias, cuéntame, Fiona,

Jonathan Franzen, sin ir más lejos. ¿Sabías que es hijo natural de John John Fitzgerald Kennedy? No sé si has leído Las Correcciones o Libertad, sus dos novelas de éxito. Si lo has hecho te habrás dado cuenta de que no valen gran cosa. En un extraño caso de mujer engañada que cuida amorosamente del hijo fuera del matrimonio de su marido, Jackeline Onassis, que como sabrás también fue editora, se empeñó, usando el dinero del armador griego, en que Jonathan tuviera éxito en la literatura. Nosotros nos ocupamos de todo.

– Me dejas alucinado, Fiona. Realmente hicisteis un buen trabajo en ese caso. Yo, Las correcciones, la dejé a medias –miente el ministro- y Libertad, ni la abrí. Ciertamente no vale nada ese tal Franzen. ¿Alguna experiencia en España?

-Enrique Vila-Matas.

-No-me-lo- pue-do-creer.

– Sí ministro, sí. Cuando abrimos nuestro negocio en este país, hace 25 años, le pedimos a Jorge Herralde que entrara como socio. Nos ayudó mucho a entender el mercado español y a cambio fabricamos el prestigio de algunos de sus autores, entre ellos el de Enrique. Si te fijas, desde que dejó Anagrama e ingresó en Seix-Barral (Planeta) su carrera va cuesta abajo y sin frenos ¿Se dice así? ¿Sin frenos?

-Más, por favor, ja, ja, más –Jose Ignacio, levantando mucho las cejas, aniñó su voz y juntó las palmas de las manos a modo de súplica, estaba disfrutando-.

– ¿Quién crees que ha puesto a Carmen Posadas dónde está? –dijo Fiona abriendo mucho los ojos-. Ese fue una de nuestros mayores retos. No fue fácil, te lo puedo asegurar. Pero ya sabes que en aquella época su marido era uno de los hombres más poderosos de España.

-Lo sabía, Fiona, lo sabía –afirmó José Ignacio con la mano en la barbilla y entrecerrando los ojos-. Te prometo que el de Carmen, y mira que me cae bien, es uno de los casos en que siempre pensé que había una mano oculta. Si no de qué –el ministro, cayendo en la cuenta de que estaba dando demasiada confianza a la americana, hizo una breve pausa-. Doy por sentado –arrancó cambiando a un tono más serio- que lo que estamos hablando no sale de aquí. Es así ¿no?

– Soy una profesional, ministro.

Al tiempo que dejaba fuera de duda su integridad como profesional sus verdes y norteamericanos ojos desprendieron un brillo encantador.

– Hay un asunto menos divertido que debemos tratar cuanto antes: tus honorarios. Es mi deber comunicarte que en este ministerio hemos sufrido recortes presupuestarios severos en estos últimos años y que no vamos a poder afrontar un coste desorbitado porque…

-No te preocupes por eso –interrumpió Fiona-. En mi compañía entendemos el valor estratégico de la cultura para un país y nos gustaría que esto fuera solo el inicio de una relación de “long distance” con tu gobierno. Sabemos que los días de vacas gordas volverán y entonces, como hizo el PSOE durante los años 80, volveréis a invertir en cultura. Además te anticipo que dentro del grupo al que pertenecemos hay bancos, fondos de inversión y medios de comunicación. Para este proyecto nuestra tarifa es, simplemente, que me invites a cenar si todo sale bien. Estoy segura de que si culminamos con éxito este proyecto, nuestra relación será fructífera –los dientes de Fiona, como los de Pedro Navaja con la avenida, iluminaban todo el despacho-. ¿Verdad, José Ignacio?

El ministro no respondió. No porque no quisiera, sino porque en su mente Fiona y él estaban en otro sitio, en otra ciudad, en otro mundo, en otra galaxia.

-¿Me puedo servir otro café? –le preguntó Fiona para sacarlo de su ensimismamiento-.

– Sí, claro. Oye, esto… ¿Te puedo preguntar cómo has llegado a hablar tan bien el castellano y a conocer de ese modo nuestra cultura?

-Mi primer y último marido es ingeniero de caminos y vicepresidente ejecutivo de una de las más grandes empresas constructoras de España. Es un hijo de puta, pero me enseñó muchas cosas.

-Perfecto, perfecto. Bueno, Fiona, estoy en tus manos. Soy un hombre desconfiado por naturaleza, pero cuando comprendo que alguien merece que apueste por él, pongo toda la carne en el asador, aunque me queme –otra vez la incontinencia verbal + el subconsciente-. Dime cuales son los próximos pasos.

-No me has dicho aún a quién quieres que encumbremos como nuevo premio Nobel de Literatura para 2014.

– Huy, es verdad, qué despiste. Se trata del escritor Juan Manuel de Prada, ¿lo conoces?

-Claro, no es la primera vez este nombre está sobre nuestra mesa de trabajo. No va a ser fácil, pero adivino que eres consciente.

– ¿Debo hacer algo? Estoy a tus órdenes –dijo José Ignacio deseando que Fiona, como si fueran los Simbad y Marina de los dibujos animados, le pidiera embarcarse con ella y partir rumbo a los mares del sur de China a matar piratas-.

-Solo te pido que mañana estés atento a las páginas web de los principales periódicos del mundo.

-Así lo haré.

-Adiós, José Ignacio.

– Adiós, Soraya, digo…, Fiona.

En el próximo capítulo podrán asistir a la maña que se da una buena empresa de consultoría de comunicación para que la realidad se ajuste al deseo de su cliente.

1º capítulo

2º capítulo

4º capítulo

5º capítulo

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2 respuestas a OPERACIÓN PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2014. 3º capítulo

  1. D-e-l-i-c-i-o-s-o.
    Pero oye, Margaret: creo que es Pedro Navaja, no Roque.

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