LOS QUE VALEN MÁS POR LO QUE CALLAN QUE POR LO QUE CUENTAN

“Han triunfado los gabinetes de prensa, que se inventaron nunca para canalizar la información sino para taponarla, para evitar la obscena exhibición de un hombre sincero, adulterar la coca pura de la verdad con la aspirina del lenguaje formulario, el tópico aceitoso, la hipócrita fraseología de la razón de Estado. Al final el lector representa el último interés de un reportero de partido, y el lector ha correspondido con simétrica indiferencia. Por eso hay que agradecer al Gran Estallido que la primera especie en ser aniquilada vaya siendo la del reportero que dice valer más por lo que calla que por lo que cuenta, aforismo mezquino que solo delata cobardía, venalidad, adicción al gañote en reservado de comadres y cálculo de trienios para una áurea retirada de libre designación. Que se extinga la tribu y advengan los lobos solitarios.”

Esto escribe Jorge Bustos, en la segunda parte de “La rana hervida:…”, su largo artículo de hace dos meses en JOT DOWN sobre el futuro del periodismo. Los plumillas que dicen valer más por lo que callan que por lo que cuentan, según Bustos, tienen los días contados. Eso afirma Bustos, pero hay algunos que continúan ahí, jodiendo la marrana cada semana.

Vengo leyendo a Luis Mª Anson desde hace más de 45 años. Es un señor muy enterado (o de eso ha presumido siempre), que escribe bastante bien –eso sí- y que ha sido ingrediente de muchas salsas mediáticas y políticas. Anson es el mejor ejemplo que tenemos en España de periodista intrigante, cortesano y correveidile, pero lo viene siendo desde hace ya demasiados años. ¡Ya está bien, coñe! Que cuente lo que dice saber sobre el 23-F, sobre don Juan –abuelo del Rey-, sobre la transición y sus componendas, … o que se calle de una puta vez. En el siglo XXI, como bien dice Bustos, eso que hace Anson ya no tiene nada que ver con el periodismo. Más bien se parece a lo que se practica en ese boyante mundo de la prensa rosa tipo Sálvame de luxe.

La última de Anson ha sido reciente. El pasado viernes, en su artículo semanal en EL CULTURAL, con la apariencia de una reseña amable sobre Los servicios secretos de Carrero Blanco (Juan María de Peñaranda, Planeta, 2015), Anson, siguiendo su costumbre, intentó quedar por encima del libro y de su autor, que para más  señas es general de división del Ejército de Tierra y trabajó desde 1962 a 1979 en los servicios de inteligencia. Intenta quedar por encima insinuando, así por lo bajini, que él sabe mucho más de lo que se cuenta en el volumen reseñado.

La sargento, con permiso de ustedes, se va a permitir hacer algunos comentarios, en negrita, cursiva y entre corchetes, a la reseña de Luis Mª Ansón. La reseña de la reseña en Patrulla de Salvación. There we gooooo:

Juan Peñaranda lo sabe casi todo [Anson, ya en la 1ª frase, da a entender que él sabe más]. Como es hombre prudente y cauteloso, en su nuevo libro Los servicios secretos de Carrero Blanco, solo cuenta el diez por ciento de lo que conoce [En ese caso que me devuelvan al 90% del PVP del libro]. Aun así su relato mantiene un interés galopante a lo largo de las 300 páginas de la obra en la que explica los orígenes del actual Centro Nacional de Inteligencia [Ya galopará menos el interés si sólo cuenta el 10%]. El almirante Carrero Blanco disponía de medio centenar de agentes. Mariano Rajoy, de los 3.500 que vertebran hoy el CNI, bajo la inteligente, la eficacísima dirección del general Félix Sanz.

Juan Peñaranda tiene una escritura sencilla, translúcida y eficaz [Muy bueno eso de “traslucida” tratándose de un miembro de los servicios secretos que aparentemente no cuenta todo lo que sabe]. No oscurece nada ni a través de la adjetivación ni a través de la metáfora [No oscurece el 10% que cuenta ¿Y qué hay del otro 90%]. Todo lo dice a las claras [Qué pesadito se está poniendo usted, don Jose Mª. Se le ve el plumero, oiga]. Aparte su contenida admiración por Carrero, el autor recorre el camino de la Tercera Sección del Alto Estado Mayor para explicar minuciosamente [¿Minuciosamente? ¿No habíamos quedado en que sólo cuenta el 10%?] la subversión en la Universidad, alzados los estudiantes contra la dictadura de Francisco Franco [Si compro este libro, ¿me voy a enterar por qué en 1975 uno de aquellos “grises” me hizo un morado en mi entonces turgente muslo con su porra? con la otra porra, entiéndaseme]. El 24 de enero de 1969, el dictador firmó el Estado de excepción. Su ministro de Información, Manuel Fraga Iribarne, restableció la censura previa que había suprimido en abril de 1966. Digo previa, porque censura siempre hubo durante la dictadura [¿Y ahora?]. Los servicios de inteligencia diseñaron las acciones contrasubversivas. Se creó la OCN, precursora del Servicio Central de Documentación (SECED). El proceso de Burgos, el caso Añoveros, los balbuceos etarras, la peripecia del coronel San Martín, el desarrollo de los servicios secretos desfilan por el relato de uno de los hombres que mejor conoció las postrimerías del franquismo. [Pero toda esta información, según don Anson, rebajada en un 90%].

Especialmente interesante es su análisis de la figura de José María Areilza, que estuvo al frente del Secretariado Político de Juan III y fue miembro de su Consejo Privado. Juan Peñaranda confunde ambos organismos y pone su error en boca de Areilza [Que quede claro, querido lector, que Anson sabe mucho más de este asunto y de todo lo demás que el autor, dónde va a parar…] , el cual, por cierto, desmenuza al FRAP, desvela la mediocridad de Llopis, elogia a Castellanos y a Enrique Tierno Galván, pero no vislumbra que en el PSOE proscrito estaba surgiendo el hombre clave: Felipe González. [Anson lo vio venir todo, hasta… me callo]

De Gregorio López Bravo a Torcuato Fernández Miranda, de Lacalle Leloup al cardenal Tarancón, de Matías Cortés a Pérez Escolar, los personajes de la época se desnudan diseccionados por el bisturí de Juan Peñaranda. No hay una línea de desperdicio en lo que ha escrito. [¿Se publicaran 9 libros más con los otros nueve 10% que faltan?]

Estamos ante un libro imprescindible para entender los años finales de la dictadura, si bien los servicios de inteligencia no supieron impedir el asesinato del presidente del Gobierno Carrero Blanco [Anson, de  forma disimulada, pero metiendo la puya] . Eso no queda suficientemente explicado en el libro de Peñaranda. Sí queda claro, sin embargo, que los servicios secretos apostaban por la apertura. Carrero Blanco, no. [¿Queda claro que Anson pretende hacernos creer que él sabe cosas que el autor, si sabe, no quiere contar?] Pero sus agentes que mantenían contactos con periodistas avezados [“periodistas avezados”: Anson echándose un piropo a sí mismo, hay que joderse] , con las organizaciones políticas de juventud, con los testimonios extranjeros, se daban cuenta que, después de Franco, Juan Carlos tendría que abrir los portones de la libertad y que lo mejor era facilitar el camino hacia el futuro [Qué bonito queda ahora esto de “libertad” y “futuro”. Al final va a resultar que Anson es de Podemos, no te digo…]. Puede parecer esta una opinión interesada por parte de Peñaranda pero mis recuerdos [recuerdos que Anson no comparte con nadie, no sea que dejen de considerarlo un hombre valioso] de aquella época avalan lo que afirma el autor de Los servicios secretos de Carrero Blanco.

Personalmente espero con impaciencia su segundo libro si es que se decide a escribirlo [ese 90% que falta y que Anson ya conoce, claro]. Juan Peñaranda tuvo una información exhaustiva sobre todo lo que ocurrió en los años de la Transición. La vivió entre la penumbra pero desde dentro. Su testimonio sobre el 23-F, por ejemplo, podría completar lo mucho que ha averiguado Jesús Palacios. Todavía la opinión pública desconoce el 30% de lo que se tejió en torno al intento de golpe de Estado [¡Me cago en la leche, Luis Mª Anson! Ganas me dan de arrancarte la lengua. ¿Tú sí conoces ese 30%? ¿A qué estás esperando para contarlo? ¿Qué tipo de periodista eres tú?], así como la actividad y la posición real del general Alfonso Armada, al que el Rey Juan Carlos consideró un traidor sin paliativos y no volvió a cruzar con él una palabra desde aquella fecha clave en la historia de la democracia española [¿Lo ven?] [Qué asco]

Me voy a tomar un gin tonic, aunque sean las 10 de la mañana, para serenarme. Este tipo me saca de mis casillas. Estoy segura de que el libro del general Peñaranda es mucho mejor –y aporta bastante más información- de lo que da a entender Luis Mª Anson en su reseña. Es impresionante hasta qué punto es capaz de llegar un ego inflado con tal de quedar, una vez más, como la más guapa de la fiesta y la más elegante del baile.

 

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14 respuestas a LOS QUE VALEN MÁS POR LO QUE CALLAN QUE POR LO QUE CUENTAN

  1. Ansón, siempre Ansón. ¿Qué podiais esperar?
    Es quien es y pinta lo que pinta (que pinta mucho) porque durante su trayectoria ha sido extraordinariamente hábil para hacer ver que sabe más de lo que cuenta, que sabe más que tu y que tu y que tu que tu que tu… aunque en realidad no sabe una mierda de nada
    Por otro lado, los libros pretendidamente reveladores de secretos militares o de Estado no son más que pequeñas muestra sin valor de cotilleos de patios de vecindad. Filfa para entretener al personal

    Ahora que he recoradado la famosa canción de Peret, me acuerdo de Francisco Casavella, buen afiicionado a la rumba catalana. El gran Casavella decía que jamás de los jamases había que empezar texto alguno con una cita. Oye, que porque lo diga Casavella tampoco vamos a declararlo cuestión de fe, pero vamos… sí cuestión de estilo.

    Me cuadro y saludo

    • “Abunda en estos tiempos de inestabilidad y poca claridad intelectual un curioso tipo de lector que a toda frase escrita o pronunciada por un escritor fallecido en la edad temprana –Bolaño, David Foster Wallace…- , por pobre que sea su obra, le atribuye la categoría de verdad revelada como si procediese del hijo de un Dios verdadero o estuviera labrada en piedra en el oráculo de Delfos. Es conveniente que esos nuevos lectores revisen sus criterios o, cuando menos, piensen dos veces lo que están a punto de opinar”

      Estas palabras que entrecomillo son de Wilson de la Crielle, filólogo y semiólogo francés de origen neozelandés que imparte clases magistrales en el departamento de letras aplicadas de la Universidad de Yale.
      Gracias por tu comentario, querido Pobrecito Hablador.
      La sargento Margaret
      PD: No intentes buscar en Google información sobre el señor Wilson de la Crielle. Solo unos pocos iniciados tenemos acceso a sus pensamientos y enseñanzas.

      • jajajaja
        Me ha gustado tu arranque de orgullo, con morcilla incluída.
        Y si, para mi Casavella es el oráculo, un guía al que profeso fe ilimitada, independientemente del nivel de convulsión de los tiempos, o de lo temprano de su muerte, muerte puta, maldita sea, porque si antes de los 40 escribió lo que escribió, me gustaría llegar a imaginar lo que hubiese disfrutado en plena madurez.

        Me pasa lo mismo con Camus, pero claro, este no debe entrar en ese grupo al que se refiere de la Crielle. Posiblemente porque le dieron el Nobel antes de cumplir los 50.
        Por cierto, si no has leído “Elevación, elegancia, entusiasmo”, hazlo, ya verás como rápidamente le escribes un watsapp a tu amigo franconeozelandés, para que se vaya enterando de lo que vale un peine. Y de paso, para que evite iniciar un texto con una cita.

        ¡sus órdenes !

      • julian bluff dijo:

        Yo tengo en mi casa de campo, en la biblioteca del ala norte, la obra completa de De La Crielle. Y la primera edición manuscrita, con dedicatoria de su puño y letra, de “Putain Le Maillet”, su obra póstuma. Tan vilipendiada por Alain Bessoigne en “Maillet, le putain”

      • Pero seguro que no tienes su novela erotica. Eh?

    • julian bluff dijo:

      Maggie, todo es sexo en De La Crielle. La concupiscencia de la fé, tú sabes.

  2. ¡Zas! aquí estoy. ¿De quien es, por cierto lo de que el periodista vale mas…?

  3. Pingback: La vergüenza de los periodistas que valen más por lo que callan que por lo que cuentan

  4. Hanna dijo:

    Es morcilla, pero le ha quedado de muerte a la sargento, Pobrecito, al punto de que por asociación, ¡zas, Nic!, me vino a la memoria La broma infinita, de Foster Wallace, con la que no se atrevería ni tu Bessoigne. De todas maneras, ¡anda que leer a Ansón a estas alturas de España, del Régimen y de la RAE!

  5. Hanna dijo:

    Putain! … pardon, on dit merde! lo siento, Pobrecito, veo ahora que es de Julián el Bessoigne

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