SOLO POR CURIOSIDAD

-Enhorabuena, Pepe. Cuánto me he alegrado por la victoria de Susana.

-¿Paco? ¿Eres tú, Paco? No esperaba tu llamada, la verdad.

-Venga, Pepe. No jodas.

-Hombre, como dijiste que te habías pasado a Podemos.

– Se me calentó la boca, Pepe. Aquella noche nos habíamos tomado muchos cubatas y… Siempre he sido socialista, no seas cabrón.

– Ya, pero como dijiste que Pedro era un mindundi y que nos íbamos a comer los mocos…

– Bueno, ya está bien, cojones. He estado con el partido, a las duras y a las maduras, durante más de 30 años. Aquello fue una broma, ya sabes. Siempre he sido un espíritu crítico e indomable, me gusta pincharos. Pero ha llegado el momento de estar más unidos que nunca. Hay que derrotar a Rajoy. La austeridad está asfixiando al pueblo.

– Y eso de que ibas en las listas de Podemos para la Comunidad de…

– ¡Eso es totalmente falso! Una invención del periodista. Me pienso querellar.

– Ya.

– Oye, Pepe, escúchame: cuenta conmigo si hace falta corregir el texto del programa electoral o dar un toque a los discursos. Ya sabes que estoy a muerte con vosotros. Y me guardas sitio en las primeras filas de los mítines, como antaño.

– Gracias, Paco, gracias. Oye: ¿Qué tal tu novela? ¿Con quién la vas a publicar al fin?

– ¿Sabes qué, Pepe? he decidido volar solo. Ya no necesito de ningún editor, ya tengo experiencia suficiente. Lo mismo me autopublico con Amazon, fíjate.

– Y tu agente… ¿Qué dice Cuca?

– Que la follen. Estoy hasta las pelotas de que todas esas sanguijuelas me la chupen. La sangre, digo. Je, je. A partir de ahora soy mi propia empresa. Mis lectores están deseando leer mi libro, eso es lo que importa.

– Me parece muy bien, Paco. Con un par.

– Oye, Pepe: sólo por curiosidad, ¿conoces tú al nuevo presidente del grupo Planeta?

– ¿Quién?

– Si… este… el que ha sustituido a Lara, el que acaba de fallecer.

– No, ni idea. ¿Se ha muerto Lara?

– Sí, el hijo.

-¿Necesitas algo, Paco?

-No, no, era sólo por curiosidad.

OTRO ASUNTO

(AQUÍ) lo que opinan en The New Yorker sobre la profanación de los restos mortuorios de Cervantes:

“Clearly, Cervantes’s bones are good for business”.

En asuntos como este es siempre intesante el análisis mucho más objetivo –dentro de lo que cabe tratándose de un escritor universal- de un medio anglosajón que se publica al otro lado del atlántico.

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LOS OCHENTA AÑOS DE JORGE HERRALDE O EL OCASO DE LOS DIOSES

Se han muerto Esther Tusquets, Ana María Moix, Jaume Valcorba, Josep María Castellet y Carlos Barral; han alcanzado la jubilación Constantino Bertolo, Mario Muchnik y Beatriz de Moura;  y, ayer mismo, Jorge Herralde cumplió ochenta años (Felicidades, don Jorge). Lo relevante a efectos de lo que queremos tratar aquí no es el número  de década que el factótum de Anagrama lleva con nosotros sino que Herralde ha soplado ochenta velas en el año en que va a dejar de ser lo que ha sido durante casi toda su vida: editor. En 2010, Feltrinelli entró en el accionariado de Anagrama -comprando un 10%- con el compromiso de llegar al 49% en 2015. A Herralde los italianos ya le han nombrado sucesora, Silvia Sese, y en breve se cortará la coleta y abandonará su labor como editor. Por un lado nos da un poco de pena, pero por el otro ninguna.

Teresa Gimpera (Oriol Maspons)

Se acabaron los editores de antes.

Como decía el otro día Ruiz Domenech, editar cuando no había internet era otra historia totalmente diferente. En aquellos tiempos todos éramos más tontos, o más confiados, y nos dejábamos guiar (¿impresionar?) por unos señores en apariencia muy cultos que nos indicaban lo que había que leer. Nadie discutía que ellos, por su dominio de otros idiomas, sus contactos con intelectuales extranjeros y, en general, sus numerosísimas y variadas lecturas se situaban en un plano cultural superior, habitaban en un paraíso cuyas puertas estaban cerradas al resto de los mortales. Suerte teníamos de que de vez en cuando desatendieran sus elevadas meditaciones y sus metafísicas elucubraciones para compartir con nosotros alguno de los libros con que habían pasado un buen rato. Era la época en que, por ejemplo, tener muchos libros amarillos en los estantes de tu biblioteca, aunque no los hubieras leído, te daba prestigio, te hacía pasar a ojos de tus amigos por una persona ilustrada y, en algún caso, te ayudaba a llevarte a alguna que otra incauta a la cama. Sí, tengo pruebas. Pero las cosas han cambiado. Internet, entre otras cosas no tan buenas, ha permitido desenmascarar a más de un impostor y está obligando a muchos de los integrantes de la cadena del libro a replantearse su profesión, sus funciones. El agente literario Guillermo Schavelzon lo cuenta muy bien aquí. Ahora, los editores que quieren perdurar en el negocio más de cinco años ya no pueden montar su catálogo en base a sus propios gustos. Aquello del compadreo elitista con los críticos y los periodistas culturales que se plasmaba en reseñas siempre positivas, entrevistas comerabo y en reportajes mayormente elogiosos ya no funciona. Se siguen produciendo esas componendas -lean el Babelia o El Cultural de esta semana-, pero ya no consiguen que los libros se vendan en las cantidades que se hacía años atrás. El proceso era sencillo para el editor: si la novela me gusta a mí, le cuento al tonto pedante del crítico lo buena que es e invito a un vino español al lameculos del periodista, el lector -más tonto aun que el crítico y el plumilla- lo comprará cuando lo vea reseñado y ensalzado como imprescindible en el periódico. Los editores de antes no se interesaban por los gustos del lector, no les hacía falta. Con convencer a los críticos y periodistas les bastaba. De hecho no habían visto nunca a un lector. Para esos señores y señoras preguntar por lo que sus clientes deseaban era poco menos que rebajarse a una labor comercial (algo prosaico) que era impropia de sus elevadas actividades. Aquello se acabó. Ahora hay que ponerse el mono azul, arremangarse y empezar a trabajar/vender.

Maruja Torres y Montserrat Roig (Colita)

Puto internet

Dijo Nietzsche que “hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas”. Hoy, los escritores y editores farsantes que producen prosa complicada para parecer más inteligentes y ocultar su vacuidad lo tienen mucho más difícil que antes. A la primera pedantería sin sentido aparecen treinta cuentas de twitter denunciándola con descojone por medio o viene la sargento Margaret de  turno para poner la impostura en evidencia.

Internet nos hace a todos más desconfiados (¿enterados? ¿avisados?), obliga a los editores a vender productos de auténtica calidad (ya no es posible dar gato por liebre). Y como consecuencia, nos guste o no, ya no queda otro remedio que investigar lo que desean los lectores. Esta nueva necesidad de conocer al cliente pilla con el pie cambiado a los antiguos gurús culturales de la tribu. Se venden menos libros y los editores del siglo XX, tan listos ellos, antes que reconocer su incapacidad de adaptarse a los nuevos tiempos,  prefieren echar la culpa del bajón de ventas (-40%) al pirateo y a la incultura de la sociedad actual, “esa chusma iletrada”. No es verdad, no se dejen engañar: hoy se lee más que nunca y no hay pirateo que valga cuando el cliente quiere de verdad leer un libro. Cincuenta sombras de grey ha vendido ya 70 millones de libros ¡en papel! en todo el mundo, y no son fotocopias. Y El tiempo entre costuras (de la española María Dueñas) ha facturado a la fecha más de 5 millones de libros físicos, de esos de pasar páginas. Páginas de verdad, de esas elaboradas a base de pulpa de celulosa.

Terence Moix y Joan Manuel Serrat (Colita)

Apocalipsis ni de coña

No es verdad que una vez desaparecidos los editores de la vieja escuela (y con ellos los críticos literarios y los periodistas culturales) el mundo del libro se vaya a convertir en una selva amazónica y la anarquía más absoluta y la total oscuridad vayan a caer sobre nosotros como una maldición bíblica. No es más que una falsedad eso de que ausentes esos viejos y caducos actores los buenos lectores, ayunos de los consejos de aquellos”imprescindibles” prescriptores,  vagaremos desorientados por el mar de los sargazos que será el maremágnum de millones de libros auto publicados. ¡Patrañas!  Las tinieblas del mundo literario del futuro inmediato no están más que en las fantasías de los que se van. Aún hoy las tribunas y los micrófonos (EL PAÍS y EL MUNDO tiene más de 7 millones de usuarios únicos al mes) están en manos de los antiguos gurús y de sus amigos de los grupos multimedia de comunicación. Esos señores, viendo que pierden su influencia y su poder, nos presentan en sus artículos de opinión y en sus reportajes un futuro literariamente apocalíptico. Mantengan la calma, nada de eso va a ocurrir. Como ya está pasando en los EEUU, siempre por delante en lo referente al mercado cultural, los editores tendrán, a partir de ahora, que hacer lo mismo que hacen otros vendedores de productos de consumo. No hay que escandalizarse ante la palabra “consumo”. Son los trasnochados gurús los que, para mantener su poder, se niegan a tratar el libro como un producto más. Algunos editores, los más espabilados, ya están aprendiendo a segmentar los mercados. Sí, marketing, sí. Uy, qué miedo. Eso, “segmentar”, no es más que conocer en profundidad al cliente. Los buenos editores de mañana tendrán claro qué libro quiere o necesita su lector y no tendrán dudas sobre cuál es el canal de venta que deberán utilizar para hacer llegar su producto a su cliente. Seguirán siendo necesarias las labores de corrección y de orientación de los autores que los editores han realizado desde siempre. Y se seguirán editando libros para las élites, tranquilo. Si usted pertenece a esos grupos de elegidos, no se preocupe, podrá leer su libro y lo hará pagando un precio más bajo del actual. Y podrá comprarlo en su punto de venta (físico o virtual) preferido. Y si usted es partidario de una literatura más comercial, tendrá acceso a todo lo que le guste y lo podrá leer en el formato y en el idioma que desee. Y todos tendremos la información necesaria para disfrutar de la mejor literatura. La mejor para cada uno de nosotros. Que se termine con una oligarquía -la de los editores antiguos de la que Herralde es paradigma- es siempre bueno y no debe asustar a nadie, ya somos mayorcitos. Y es positivo porque acerca el producto a los diferentes gustos de los variados clientes y ajusta los precios al coste real del bien que se comercializa. Con la salida de los viejos editores llegan nuevos actores como Amazon, pero de eso ya hablamos aquí hace poco. Y que nadie se preocupe por la justa retribución de los intermediarios. Una vez garantizada la supervivencia y buena salud del libro en papel, esta democratización del sector del libro permitirá que se recalculen los tantos por ciento. ¿Es justo que el autor solo cobre un 10%? ¿Y el 40% del distribuidor?

Foto: Oriol Maspons

Más y mejores lectores

Pero la consecuencia más deseada de esta revolución que estamos viviendo va a ser el aumento exponencial de la cantidad de consumidores habituales de libros que se producirá en las próximas décadas. Somos, dentro del mundo civilizado, de los peores países. Según los últimos datos del CIS sólo el 45% de los españoles lee libros con alguna frecuencia. Que el canon estuviera en manos de unos pocos echaba a muchos ciudadanos de la lectura diaria como hábito. Conozco a bastantes lectores compulsivos durante la adolescencia (Los cinco, Celia -la de Elena Fortún-, Los Hollister, Harry Potter….) que llegada la madurez han abandonado completamente la literatura. Algo fallaba y no era, como se excusan los editores, la falta de educación, la burricie de la población española para entendernos. Lo que no funcionaba, hablemos claro, era  la edición. El mensaje que han recibido muchos jóvenes en los últimos años era que para ser respetados intelectualmente, para estar en la pomada de los iniciados había que disfrutar de Foster Wallace, de Thomas Pynchon o de Bolaño. ¿Me puede explicar alguien cómo se realiza la transición entre el último Harry Potter y El arco iris de la gravedad de Pynchon, 2666 de Bolaño o La Broma Infinita de DFW? Pero lo mismo pasaba hace tres décadas cuando había que meterse entre pecho y espalda -y decir que te había gustado mucho- un libro de Juan Benet, de Gª Hortelano o de Sánchez Ferlosio al llegar con 18 años a la universidad. Y la culpa de esto es de los editores. En los Estados Unidos entre Potter y Gaddis hay libros como los de Donna Tartt. Hay en España muchos lectores de más de treinta años que deberían haber saltado ya a la novela adulta de autores en castellano y no salen de Los juegos del hambre o de la chick lit. Y no es por inmadurez, sino por falta de buena literatura escrita en su idioma para gente grande. Y la culpa, una vez más, es de los editores, elitistas ellos.

Esther Tusquets y Miguel Delibes (Oriol Maspons)

Felicidades, don Jorge

Por culpa del señor Herralde me he tragado a palo seco libracos como Bella del señor de Cohen o estupideces como los volúmenes firmados por Augusten Burroughs o Terry McMillan. Pero también me descubrió a Baricco, Auster, Amis, McEwan, Highsmith, etc… Y siempre le estaré agradecida por ello. Por eso y porque no debemos olvidar todo lo que el señor Herralde nos ha enseñado -mal nos iría en ese nuevo mundo editorial que viene si cortamos totalmente con la tradición-  vamos a incluir en este blog durante las próximas semanas historias, extractos de sus libros, anécdotas (vividas unas e inventadas otras), cotilleos y otras cositas referentes a la vida profesional de don Jorge Herralde. Lo haremos sin orden ni método. Cuando me apetezca, ¿OK? ¡No me presionen que no me encuentro yo muy católica últimamente!

Aquí va lo primero. Sacado de Aquellos años del boom (RBA, 2013), ell magnífico ensayo de Xavi Ayén sobre los escritores del boom literario latinoamericano y los españoles que lo hicieron posible.

Jorge Herralde formó parte de lo que se llamó la gauche divine (*), grupo elitista de artistas, intelectuales, diletantes, tías buenas y jetas que se formó en Barcelona a finales de los sesenta y principios de los setenta. El local donde todos se veían, se emborrachaba y se metían mano se llamó Boccacio. Herralde, en compañía de otros, llegó a ser accionista de dicha discoteca.

En la página 97 de su libro cuenta Xavi Ayén:

    De vez en cuando, incluso Leticia y Luis Feduchi -pareja de psicoanalista, íntimos de Gabo- se dejaban también caer por Bocaccio, sin llegar a ser asiduos. Sus expediciones a la discoteca no eran profesionales, ya que el “confesor” oficial de muchos de los que allí bailaban era Ramón Vidal Teixidor, el  psiquiatra oficial de la gauche divine, que curó la depresión a Alfredo Bryce Echenique y que tuvo como pacientes al mismísimo Salvador Dalí, Josep María Castellet o a los hermanos Luis y José Agustín Goytisolo…. Moix [Ana María]recuerda muy claramente al terapeuta: “Era muy simpático, la gente se lo iba recomendando. Era culto, cariñoso y tolerante. Por ejemplo tenías que estar realmente muy mal para que te prohibiera las copas”. El doctor Vidal Teixidor tenía su consulta -misteriosa coincidencia- en el mismo edificio que la agencia literaria Balcells, en la Diagonal, en el piso que su mujer, maruja Redondo, heredó de su padre. La agente le comentó un día, en el ascensor: “Tengo la impresión, Ramón, de que tenemos los mismos clientes”. Un día, Jorge Herralde le pidió que rompiera su juramento hipocrático para escribir un libro de memorias, pero el doctor le respondió con una sonrisa asimilable a una rotunda negativa. Algunos miembros de la gauche divine también acudían a la consulta del psiquiatra Mariano de la Cruz, crítico de toros de La Vanguardia.

(*) Algunos de los principales integrantes de la gauche divine fueron: poetas como Félix de Azúa, José María Carandell, Ana María Moix, Terenci Moix, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y Rosa Regàs, arquitectos y diseñadores como Óscar Tusquets, Ricardo Bofill, Oriol Bohigas y Elsa Peretti, cantantes como Guillermina Motta, Raimon y Serrat, fotógrafos como Colita o Xavier Miserachs y Oriol Maspons modelos como Teresa Gimpera o Isabel Gil Moreno de Mora,  editores como Jorge Herralde, Esther Tusquets o Beatriz de Moura, gente del mundo del cine como Gonzalo Herralde, Gonzalo Suárez, Román Gubern y Vicente Aranda y otros como El Perich, Oriol Regàs, Eugenio Trías y Serena Vergano. (fuente: Wikipedia).

Postdata: ¿Ven ustedes, queridos incrédulos, como digo la verdad cuando afirmo que estamos ganando la guerra?

¡ALTA LA MORAL Y PRIETAS LAS FILAS!

¡NO PASARÁN!

¡LA VERDAD Y LA BUENA LITERATURA VENCERÁN!

OTRA COSA

Moncho Alpuente, para dejar claro que ya no quedan buenos periodista culturales en España, va y se muere. Unas cosas -pocas- de Moncho: (esto) y (esto) y (esto).

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BERNAT RUIZ DOMENECH SOBRE LAS NUEVAS FORMAS DE PRESCRIPCIÓN

Mañana, en KOSMOPOLIS, se celebra un importante debate sobre el siguiente tema: Nuevos prescriptores ¿Quién dice qué hay que leer? Bernat Ruiz Domenech, uno de los participantes, tuvo ayer el detalle de adelantar sus argumentos en su blog (aquí). ¿Goodreads o Babelia? ¿La sabiduría de la masa informe o la erudición de los listillos de siempre?

Un extracto:

Cuando la crítica literaria profesional era la única legitimada para impartir doctrina editar era un poco más fácil. No era necesario conocer los gustos del público porque estos estaban bastante acorde con los gustos de la crítica. Uno podía editar a rueda del Canon Occidental, de la Alta Cultura y de la crítica establecida y no tenía por qué estrellarse contra la primera esquina. Es más, los editores podían vivir en la ilusión que eran ellos quienes armaban su plan editorial anual basándose en su criterio profesional. El éxito estaba más cerca del chamanismo que de la gestión racional del mercado porque, efectivamente, había chamanes que decían a la tribu qué debía leer.

Un buen día la tribu empezó a hacerse mayor y descubrió un nuevo juguete con el que saber qué decía el vecino, miles de vecinos, millones de vecinos literarios, acerca de sus mismos gustos. Y se dieron cuenta que hacer caso a esa colosal escalera de vecinos era igual o mejor que leer al crítico del periódico pero con una sutil e importante diferencia: si el crítico sentaba cátedra sin perder ocasión de dejar bien claro cuán culto era él y cuán lerdo era el resto, en el patio de vecinos contaba la opinión de todos. Era habitual que las obras que recibían mejores críticas en el patio de vecinos fueran merecedoras de atención. Empezaron a surgir vecinos que se lo montaban en su casa, a ciertas horas, con otros vecinos; literatura de nicho, para entendernos. Algunos sólo salían al patio de noche. La cuestión es que todos tenían su lugar en el nuevo patio. Todos, excepto los críticos de siempre, para los cuales siempre habrá un lugar: aquél al que van todos los lectores incapaces de formarse un criterio propio, incapaces de escuchar el criterio de sus semejantes y de aquellos que, reconocidos por sus iguales, están revestidos de autoridad.

Lean aquí el artículo completo.

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LOS QUE VALEN MÁS POR LO QUE CALLAN QUE POR LO QUE CUENTAN

“Han triunfado los gabinetes de prensa, que se inventaron nunca para canalizar la información sino para taponarla, para evitar la obscena exhibición de un hombre sincero, adulterar la coca pura de la verdad con la aspirina del lenguaje formulario, el tópico aceitoso, la hipócrita fraseología de la razón de Estado. Al final el lector representa el último interés de un reportero de partido, y el lector ha correspondido con simétrica indiferencia. Por eso hay que agradecer al Gran Estallido que la primera especie en ser aniquilada vaya siendo la del reportero que dice valer más por lo que calla que por lo que cuenta, aforismo mezquino que solo delata cobardía, venalidad, adicción al gañote en reservado de comadres y cálculo de trienios para una áurea retirada de libre designación. Que se extinga la tribu y advengan los lobos solitarios.”

Esto escribe Jorge Bustos, en la segunda parte de “La rana hervida:…”, su largo artículo de hace dos meses en JOT DOWN sobre el futuro del periodismo. Los plumillas que dicen valer más por lo que callan que por lo que cuentan, según Bustos, tienen los días contados. Eso afirma Bustos, pero hay algunos que continúan ahí, jodiendo la marrana cada semana.

Vengo leyendo a Luis Mª Anson desde hace más de 45 años. Es un señor muy enterado (o de eso ha presumido siempre), que escribe bastante bien –eso sí- y que ha sido ingrediente de muchas salsas mediáticas y políticas. Anson es el mejor ejemplo que tenemos en España de periodista intrigante, cortesano y correveidile, pero lo viene siendo desde hace ya demasiados años. ¡Ya está bien, coñe! Que cuente lo que dice saber sobre el 23-F, sobre don Juan –abuelo del Rey-, sobre la transición y sus componendas, … o que se calle de una puta vez. En el siglo XXI, como bien dice Bustos, eso que hace Anson ya no tiene nada que ver con el periodismo. Más bien se parece a lo que se practica en ese boyante mundo de la prensa rosa tipo Sálvame de luxe.

La última de Anson ha sido reciente. El pasado viernes, en su artículo semanal en EL CULTURAL, con la apariencia de una reseña amable sobre Los servicios secretos de Carrero Blanco (Juan María de Peñaranda, Planeta, 2015), Anson, siguiendo su costumbre, intentó quedar por encima del libro y de su autor, que para más  señas es general de división del Ejército de Tierra y trabajó desde 1962 a 1979 en los servicios de inteligencia. Intenta quedar por encima insinuando, así por lo bajini, que él sabe mucho más de lo que se cuenta en el volumen reseñado.

La sargento, con permiso de ustedes, se va a permitir hacer algunos comentarios, en negrita, cursiva y entre corchetes, a la reseña de Luis Mª Ansón. La reseña de la reseña en Patrulla de Salvación. There we gooooo:

Juan Peñaranda lo sabe casi todo [Anson, ya en la 1ª frase, da a entender que él sabe más]. Como es hombre prudente y cauteloso, en su nuevo libro Los servicios secretos de Carrero Blanco, solo cuenta el diez por ciento de lo que conoce [En ese caso que me devuelvan al 90% del PVP del libro]. Aun así su relato mantiene un interés galopante a lo largo de las 300 páginas de la obra en la que explica los orígenes del actual Centro Nacional de Inteligencia [Ya galopará menos el interés si sólo cuenta el 10%]. El almirante Carrero Blanco disponía de medio centenar de agentes. Mariano Rajoy, de los 3.500 que vertebran hoy el CNI, bajo la inteligente, la eficacísima dirección del general Félix Sanz.

Juan Peñaranda tiene una escritura sencilla, translúcida y eficaz [Muy bueno eso de “traslucida” tratándose de un miembro de los servicios secretos que aparentemente no cuenta todo lo que sabe]. No oscurece nada ni a través de la adjetivación ni a través de la metáfora [No oscurece el 10% que cuenta ¿Y qué hay del otro 90%]. Todo lo dice a las claras [Qué pesadito se está poniendo usted, don Jose Mª. Se le ve el plumero, oiga]. Aparte su contenida admiración por Carrero, el autor recorre el camino de la Tercera Sección del Alto Estado Mayor para explicar minuciosamente [¿Minuciosamente? ¿No habíamos quedado en que sólo cuenta el 10%?] la subversión en la Universidad, alzados los estudiantes contra la dictadura de Francisco Franco [Si compro este libro, ¿me voy a enterar por qué en 1975 uno de aquellos “grises” me hizo un morado en mi entonces turgente muslo con su porra? con la otra porra, entiéndaseme]. El 24 de enero de 1969, el dictador firmó el Estado de excepción. Su ministro de Información, Manuel Fraga Iribarne, restableció la censura previa que había suprimido en abril de 1966. Digo previa, porque censura siempre hubo durante la dictadura [¿Y ahora?]. Los servicios de inteligencia diseñaron las acciones contrasubversivas. Se creó la OCN, precursora del Servicio Central de Documentación (SECED). El proceso de Burgos, el caso Añoveros, los balbuceos etarras, la peripecia del coronel San Martín, el desarrollo de los servicios secretos desfilan por el relato de uno de los hombres que mejor conoció las postrimerías del franquismo. [Pero toda esta información, según don Anson, rebajada en un 90%].

Especialmente interesante es su análisis de la figura de José María Areilza, que estuvo al frente del Secretariado Político de Juan III y fue miembro de su Consejo Privado. Juan Peñaranda confunde ambos organismos y pone su error en boca de Areilza [Que quede claro, querido lector, que Anson sabe mucho más de este asunto y de todo lo demás que el autor, dónde va a parar…] , el cual, por cierto, desmenuza al FRAP, desvela la mediocridad de Llopis, elogia a Castellanos y a Enrique Tierno Galván, pero no vislumbra que en el PSOE proscrito estaba surgiendo el hombre clave: Felipe González. [Anson lo vio venir todo, hasta… me callo]

De Gregorio López Bravo a Torcuato Fernández Miranda, de Lacalle Leloup al cardenal Tarancón, de Matías Cortés a Pérez Escolar, los personajes de la época se desnudan diseccionados por el bisturí de Juan Peñaranda. No hay una línea de desperdicio en lo que ha escrito. [¿Se publicaran 9 libros más con los otros nueve 10% que faltan?]

Estamos ante un libro imprescindible para entender los años finales de la dictadura, si bien los servicios de inteligencia no supieron impedir el asesinato del presidente del Gobierno Carrero Blanco [Anson, de  forma disimulada, pero metiendo la puya] . Eso no queda suficientemente explicado en el libro de Peñaranda. Sí queda claro, sin embargo, que los servicios secretos apostaban por la apertura. Carrero Blanco, no. [¿Queda claro que Anson pretende hacernos creer que él sabe cosas que el autor, si sabe, no quiere contar?] Pero sus agentes que mantenían contactos con periodistas avezados [“periodistas avezados”: Anson echándose un piropo a sí mismo, hay que joderse] , con las organizaciones políticas de juventud, con los testimonios extranjeros, se daban cuenta que, después de Franco, Juan Carlos tendría que abrir los portones de la libertad y que lo mejor era facilitar el camino hacia el futuro [Qué bonito queda ahora esto de “libertad” y “futuro”. Al final va a resultar que Anson es de Podemos, no te digo…]. Puede parecer esta una opinión interesada por parte de Peñaranda pero mis recuerdos [recuerdos que Anson no comparte con nadie, no sea que dejen de considerarlo un hombre valioso] de aquella época avalan lo que afirma el autor de Los servicios secretos de Carrero Blanco.

Personalmente espero con impaciencia su segundo libro si es que se decide a escribirlo [ese 90% que falta y que Anson ya conoce, claro]. Juan Peñaranda tuvo una información exhaustiva sobre todo lo que ocurrió en los años de la Transición. La vivió entre la penumbra pero desde dentro. Su testimonio sobre el 23-F, por ejemplo, podría completar lo mucho que ha averiguado Jesús Palacios. Todavía la opinión pública desconoce el 30% de lo que se tejió en torno al intento de golpe de Estado [¡Me cago en la leche, Luis Mª Anson! Ganas me dan de arrancarte la lengua. ¿Tú sí conoces ese 30%? ¿A qué estás esperando para contarlo? ¿Qué tipo de periodista eres tú?], así como la actividad y la posición real del general Alfonso Armada, al que el Rey Juan Carlos consideró un traidor sin paliativos y no volvió a cruzar con él una palabra desde aquella fecha clave en la historia de la democracia española [¿Lo ven?] [Qué asco]

Me voy a tomar un gin tonic, aunque sean las 10 de la mañana, para serenarme. Este tipo me saca de mis casillas. Estoy segura de que el libro del general Peñaranda es mucho mejor –y aporta bastante más información- de lo que da a entender Luis Mª Anson en su reseña. Es impresionante hasta qué punto es capaz de llegar un ego inflado con tal de quedar, una vez más, como la más guapa de la fiesta y la más elegante del baile.

 

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LA BIOGRAFÍA DE JUAN MARSÉ DESVELA LA TRAMA DE LOS PREMIOS PLANETA

¿Sabían que en el informe de lectura que se entrega a los miembros de jurado del Premio Planeta sobre los libros finalistas se incluyen dos puntuaciones –del 1 al 10- y que una de ellas evalúa literariamente el manuscrito y la otra puntúa su carácter comercial; si se venderá más o menos a ojos del autor del informe?

Tiene razón Juan Bonilla cuando en su magnífica reseña publicada el viernes pasado en EL CULTURAL (aquí) afirma que “Mientras llega la felicidad”, la biografía de Juan Marsé que ha firmado Josep Maria Cuenca y acaba de publicar Anagrama, es un libro “espléndido”. Cómprenlo y léanlo. Se lo van a pasar muy bien, no me equivoco.

El trabajo de Cuenca se nutre de las declaraciones de Marsé y de sus conocidos, de su correspondencia, del contenido de sus diarios y de abundante bibliografía. 638 páginas en las que, como dice en una demostración de sensatez y humildad el autor en el prólogo, no se ha pretendido responder a la pregunta “¿quién es Juan Marsé?”, sino a “¿Qué ha hecho Juan Marsé?”. Entre las muchas cosas que se cuentan en esta biografía hay un asunto del que ningún medio de comunicación –por miedo a las represalias de PLANETA- se va a hacer eco. Me refiero a los motivos reales –con pelos (no en la lengua) y señales- por los que Marsé dimitió como jurado del Premio Planeta en 2005. Por su interés histórico y porque, como decía, nadie lo va a reseñar, reproduzco algunos párrafos correspondientes a las páginas 600, 601, 602, 610, 611, 612 y 613 de este libro.

En estos extractos podrán ustedes leer las expresiones textuales (sacadas de sus diarios) de Juan Marsé , por ejemplo, tachando a Emili Rosales (actual secretario del Premio Planeta) de ser un incompetente; calificando la postura de Pere Ginferrer de patética y despreciable y relatando cómo el escritor peruano Baily –que quedó finalista en 2005- le reconoció tomando una copa en el Majestic que su novela estaba a medio escribir y que le dijeron que iba a ser finalista y por eso la mandó a concursar. También podrán leer lo que Marsé opina de los periodistas culturales: “El periodismo cultural de este país es lamentable”. Y lo mejor: aprenderán los entresijos y tejemanejes que nadie ha contado hasta ahora sobre el dichoso premio.

En 2005 se conoció el porqué de la dimisión de Marsé (aquí), el escritor publicó un comunicado. Pero contados los motivos cómo se contaron -la prensa cultural, ya saben-, quedó todo como una pataleta del viejo gruñón de Marsé. Ahora –diez años después- lo aportado por Cuenca en la biografía recientemente editada ofrece un retrato más completo gracias a la distancia temporal, a las declaraciones sosegadas del escritor y a la transcripción de las entradas de su diario de aquellos días.

Para los junkies de la bronca que siempre tienen prisas y prefieren esnifar la tinta del escándalo –para twittearlo- en lugar de leer los textos sosegadamente, subrayo en negrita las partes más sabrosas. ¡Cómo disfruto algunos días -todo hay que decirlo- escribiendo este blog!

Pág. 610

Tras la edición del premio Planeta de 2004, Juan Marsé se había reunido con José Manuel Lara Bosch, presidente de Planeta, y le había exigido algunos cambios en el funcionamiento interno del jurado como condición para seguir formando parte de él. Cuenca transcribe literalmente las palabras de Marsé:

Insistí mucho en la necesidad de introducir cambios en el equipo de lectores que hacía la selección previa de manuscritos y dictaminaba cuales eran las obras finalistas. Porque ese equipo, que dirigía un tal Emili Rosales, era de una incompetencia total. Todos los informes que hacía para el jurado -alguno incluso estaba firmado por el propio Rosales- eran malísimos; decían cosas como: “Novela que va a cambiar el curso de la literatura contemporánea“, y constaban de dos partes: una literaria y otra comercial. Normalmente la comercial era la más honesta y la literaria, la más demencial. Por todo esto le pedía Lara que introdujera cambios en el equipo, porque trabajando así no era de extrañar que entre las novelas descartadas hubiese alguna realmente buena. Yo quería, además, un listado de las novelas presentadas con una ficha informativa, por si me llamaba la atención alguna novela descartada. A esto último Lara me respondió, sorprendido, que eso nunca se había hecho. Yo le repliqué que el Premio La Sonrisa Vertical de Tusquets sí se hacía y le sugerí que llamara a Beatriz de Moura y Toni López; lo hizo y se lo confirmaron. Y, por último, yo quería librarme de tener que intervenir en público, porque si tenía que hacerlo y me hacían preguntas contestaría con total sinceridad. Lara me aseguró que en las ruedas de prensa del Planeta los periodistas nunca preguntaban nada, y que sólo hablaba Carlos Pujol en nombre del jurado, pero luego no ocurrió así. En fin, que ante mis peticiones, Lara me dijo que de acuerdo, pero al final no cumplió. Y no sólo no cumplió, sino que ha promocionado todavía más arriba a ese incompetente de Rosales.

Nota de la sargento: hoy Emili Rosales es el secretario (“con voto”) del jurado del Premio Planeta, puesto en el que sustituyó al recientemente fallecido Carlos Pujol. También es, dentro del grupo Planeta, director literario de Destino, y desde 2014 suma a sus atribuciones la dirección editorial del Grup 62, lo que incluye los sellos Columna, Proa, Pòrtic, Edicions 62 i Empúries. (la edición en catalán).

Sigue Cuenca, autor de la biografía, en la página 611:

Lo que Marsé percibió como problemas en 2004 se repitió casi al milímetro en 2005. Los hechos lo prueban por sí mismos. Emili Rosales, como editor del Área de Ficción de Planeta, entregó a Marsé una carta fechada el 22 de septiembre de 2005 en la que especificaba que adjuntaba los “los cinco originales elegidos por el comité de lectura entre los finalistas al Premio Planeta 2005. Asimismo, incluimos dos informes de lectura distintos para cada una de las diez obras finalistas. Le recordamos que tanto el resto de finalistas como el conjunto de los originales presentados al premio, con sus correspondientes informes de lectura, están a su disposición”.

Marsé leyó las cinco obras mejor situadas. De la novela que acabaría siendo la ganadora -titulada de forma provisional Si fuera noche y firmada con el seudónimo Camille Claudel- había recibido de Rosales dos informes realizados por dos lectoras externas por encargo de la editorial. Ambos informes no ahorraban elogios que, sin ser entusiastas, no dejaban de avalar la obra. Uno había sido redactado el 29 de junio y el otro el 8 de septiembre. Era evidente que la opinión de los informes no coincidía con la de Marsé, expuesta -como en él es habitual en estos casos- en un papel reciclado con su no menos habitual caligrafía médica.

   Solamente una pregunta. ¿Alguien de los presentes se ha leído hasta el final este artefacto de tedio y molicie interminables?

   Una vez más me he visto sorprendido por la valoración literaria en el informe de la preselección. Un 7 sobre 10. Y la valoración comercial aún es más alta: un 8,5. Francamente, me parece que eso es poner en serio peligro la estabilidad mental de los lectores habituales de los Premios Planeta, ya de por sí bastante deteriorada.

En cuanto a la obra que resultaría finalista -Ya no sé quién eres, firmada por El intruso sentimental-, Marsé redactó las líneas siguientes:

Una especie de culebrón peruano ternurista y desaforadamente verboso, tan decantado a lo sentimental y sensiblero que da grima. Juraría que el autor escribe telenovelas de éxito en su país. Trufada de diálogos ñoños y afectados, redundantes y vacuos a ratos, o pretendidamente graciosos, y reiterativos. un hablar bonito, con ribetes de folletín -pasando de puntillas por lo escabroso, y eso que el protagonista es escritor-. Y al cabo, inverosímil, todo servido en una prosa simplona que duerme a las ovejas. Lo que más me fastidia es el alarde de buenos sentimientos de que hace gala el autor. (…)

Según los informes de lectura para la preselección, esta es la novela con la puntuación más alta entre las 5 finalistas: un 8 y un 10 sobre 10. El informe concluye con esta valoración: “Esta obra se sitúa en la vanguardia de un cierto costumbrismo postmoderno.” Pues vaya. Leído esto, van permitirme que mantenga toda clase de recelos y suspicacias sobre la evaluación en la criba de las obras presentadas a concurso.

El sábado 15 de octubre tuvo lugar la ceremonia del fallo del Premio Planeta 2005, cuyo jurado era idéntico al de 2004 -las palabras son ahora de Cuenca-. La atmósfera del evento ya estaba enrarecida desde el día anterior, cuando a la pregunta de un periodista sobre el nivel de las obras presentadas a concurso Marsé respondió que era “bajo y en algún caso subterráneo“. Cierta tensión, por tanto, aunque en todo momento contenida, era palpable. la ganadora fue María de la Pau Janer con la novela Pasiones romanas, y el finalista Jaime Bayly por Y de repente, un ángel. Dos nombres mediáticos, comercialmente satisfactorios, lo que no siempre consigue el Planeta en sus últimas ediciones. (…) Marsé, de hecho, dimitió como jurado del Planeta un día antes del fallo. Ese mismo día le dio a leer a Lara un comunicado redactado para la ocasión que fue difundido el día 17.

Nota de la sargento: ese comunicado, en sus líneas básicas, coincide con lo recogido en el artículo de EL PAÍS de fecha 18 de octubre de 2005 que hemos metido en un “link” más arriba (este). Lo más destacable de aquél escrito de Marse fue: “Aunque sólo fuera por respeto a los demás autores que se han presentado al concurso y no han llegado a la final, yo no podía celebrar las novelas ganadoras, que considero fallidas. Los autores, que esta vez no han llegado, también merecen la verdad.”

Un párrafo más adelante Cuenca, el autor de la biografía, cita unas interesantes palabras de Marsé referentes a ese premio Planeta de 2005: “Después del premio, Jaime Bayly quiso hablar conmigo y quedamos un día para tomar una copa en el Majestic. Me confesó que su novela no estaba terminada, que algunos capítulos sólo estaban apuntalados, y que entonces le comunicaron que iba a ser finalista del Planeta y la acabó deprisa y corriendo. “Acepté”, me dijo, “y sé que no tendría que haberlo hecho”.

Pero -ahora escribo yo, la sargento- como deja claro el autor de la biografía, el malestar, el mosqueo de Juan Marsé, venía de años atrás. Por eso volvamos a la página 600 del libro para saber lo que ocurrió en 2004:

Pág. 600

El 29 de septiembre de 2004 Marsé anota en su diario:

Llamo a Carlos Pujol para comentarle que la calidad de los originales para el P. Planeta es peor que mala. Que lo sabe, dice. El premio no puede declararse desierto. ¡Es algo horrible!

Pág. 601

El día 12 -sigue Cuenca-, a tres días de la concesión del Planeta, Marsé habla con Lombardero, secretario del jurado, que le hace saber que los miembros del mismo están obligados a votar a alguna obra. El novelista anota: “Le digo a Manolo [Lombardero] que esto para mí es grave: yo no votaré a ninguna de las cinco finalistas (no son diez, como dice la prensa) por respeto a mi profesión, al jurado y al mismo premio, ya que las obras son infumables. A ver cómo arreglamos esto”. El día 13 la entrada del diario [de Marsé] trata íntegramente del Planeta:

   Lo del Planeta pinta mal. Mejor dicho, yo pinto mal en ese premio. Carlos Pujol dice que, uno de los originales, el de ciencia ficción (de TBO) le pareció entretenido. ¡Cielo santo! Le hacía a Pujol un criterio más exigente. Acerca del otro original en liza –según todas las apariencias la señorita Etxebarría- Pere Gimferrer me dice por teléfono que, al menos, no le ha aburrido. Pues sí que estamos bien. Le repito al Pere lo que le dije a Manolo Lombardero. No voy a dar ningún voto a una obra que es una vergüenza, un insulto a mi inteligencia, al jurado y al premio mismo. El Pere me dice que hable con el secretario del premio, que no es otro que Manolo Lombardero. ¿Qué va a pasar? Por encima de todo, yo quiero obrar limpiamente, según me dicta mi conciencia y aunque mi criterio vaya en contra del interés comercial de Planeta y el Premio.

Mientras que el día 14 Marsé anota lo siguiente:

   Rueda de prensa del P. Planeta. El pobre Carlos Pujol, portavoz del jurado, anuncia a los periodistas que el nivel de calidad literaria es altísimo, y señala cuatro vaguedades sobre las tendencias argumentales de las novelas finalistas, que son diez, dice, cuando en realidad son cinco. La rueda de prensa tiene lugar en el Palau de la Música. Mogollón de periodistas, venidos de comarcas a por el regalo de Planeta: un portafolios y un libro sobre arte español. Como borregos. Ninguna pregunta sobre literatura. El radiofonista Joan Armengol me pregunta si estoy cómodo como jurado del premio. Le digo que yo estoy cómodo leyendo buenas novelas. Luego charlo un rato con J. Ramón Iborra, de El periódico. Rosa Mora me dice: “Seguro que tienes más información sobre las obras a concurso”. Le digo que sí, pero ¿por qué no me lo ha preguntado en la rueda de prensa? Has perdido la ocasión de informarte. ¿Por qué no preguntáis cuando hay que hacerlo? Me da la razón. El periodismo cultural de este país es lamentable.

La entrada del día 15, el de la entrega del Planeta, dice:

   A las dos me recoge un taxista (Paco, muy simpático) y me lleva al restaurante Vía Veneto. Comida-trabajo con el resto del jurado y con José Manuel Lara de mirón. Rosa Regás, Carmen Posadas, Pere Gimferrer, Alberto Blecua, Antonio Prieto, Carlos Pujol y Manolo Lombardero de secretario, sin voto. Empieza a hablar Blecua y hace un increíble elogio de la infame novela de L. Etxebarría. Llega a calificar a esa niña estúpida de “transgresora” literaria. La Posadas, aleccionada por mí, dice que ninguna de las cinco novelas le gusta. Antonio Prieto critica algo a la Etxebarría, pero al cabo dice que es la mejor opción. Pujol también. Rosa Regás también. P. Gimferrer me resulta el más patético y despreciable, por ser el más inteligente: dice que la novela de esa chica “no le aburre”. Yo me la cargo furiosamente […] y declaro que no votaré a ninguna de las cinco por considerarlas un insulto a mi inteligencia y un desprecio al jurado. Pero sé que el premio no puede declararse desierto, etc. La cena y la entrega del premio, con la asistencia de la ministra Calvo y del president de la Generalitat Pascual Maragall, y, sobre todo, la rueda de prensa con los ganadores (L. Etxebarría y F. Torrent, el valensianet trepa, los dos pésimos escritores) un horror. Tengo que replantearme dimitir como jurado.

El día 20, Marsé escribe en su diario:

Me siento sucio.”

A partir de aquí soy yo, vuestra querida sargento Margaret, la que escribe.

Juan Marsé, como ya han podido leer en la primera parte de este “post”, dimitió al año siguiente, en 2005. Hoy, pasados diez años y gracias a su biografía, tenemos la suerte de poder leer lo que ocurrió y de conocer cómo funciona –down in the underground- el Premio Planeta.

Mientras copiaba estas líneas una idea rondaba mi cabeza. Me imaginaba las caras de los miembros del jurado al reunirse por primera vez para decidir el ganador y el finalista del año siguiente, 2006. Qué pensarían entonces Rosa Regás, Carmen Posadas y Pere Gimferrer, por citar solo a tres de ellos, conocedores de los motivos por los que Juan Marsé, su compañero de jurado y respetado escritor, había dimitido el año anterior. ¿Se preguntarían por qué ellos no habían renunciado también a ser jurado? ¿Pasaría por su mente, como si fuera una película de arte y ensayo o una de Chiquito de la Calzada, su carrera como escritores y como intelectuales? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Se haría alguno de ellos esa pregunta?

Información necesaria: Juan Marsé ganó el Premio Planeta en 1978 por La muchacha de las bragas de oro. Juan Marsé entró en el jurado del galardón en 2004 para sustituir a su amigo Manuel Vázquez Montalbán que había fallecido en 2003. Con lo que sólo formó parte del jurado en dos ediciones (2004 y 2005). Marse actualmente edita sus novelas con Penguin Random House.

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CICLO DE DEBATES SOBRE PERIODISMO CULTURAL

Muchos españoles están en contra de las corridas de toros. Hay millones de personas en este país a los que les parece que la fiesta taurina es una salvajada y lo más contrario a la civilización que se puede imaginar. Están en su derecho. Sería conveniente –lo digo yo que soy aficionada a la lidia del toro bravo- que se organizaran una jornadas, con coloquios abiertos y participativos, en las que se discutiera con libertad y desde todos los puntos de vista la realidad de la fiesta taurina. Es necesario un debate serio sobre qué es la fiesta nacional en la España del siglo XXI. Ahora contéstenme a una pregunta: ¿Creen ustedes que ese debate sería todo lo serio que se precisa si en él sólo participaran toreros, ganaderos y apoderados? ¿No sería necesario convocar a ecologistas, filósofos, asociaciones defensoras de los animales, ciudadanos de a pie…?

Pues eso va a ocurrir con el Ciclo de debate que sobre el Periodismo Cultural convoca la Casa del Lector y que comienzan pasado mañana. Los aniquiladores del periodismo cultural –y solo ellos- han sido convocados a hablar del agonizante periodismo cultural. Que vengan las zorras a contar por qué cada día hay menos gallinas vivas en el corral. ¡Hay que fastidiarse! En los debates sobre el presente y el futuro del periodismo cultural van a participar directores, periodistas y críticos de los principales periódicos en papel (ABC, El Mundo, EL PAÍS, La Vanguardia y LA RAZÓN). Y nadie más. Sólo en la última jornada, cuando se hable de internet, han invitado a uno de El diario y a otro de El Confidencial. ¿Qué va a decir Juan Cruz (EL PAÍS) del periodismo cultural? ¿Y Berna González Harbour (Babelia)? ¿Y Blanca Berasategui (El Cultural)? Y más si nadie entre los debatientes se atreverá a echarles nada en cara ya que todos guardan el mismo cadáver en el armario. ¿Se atreverá Charles Manson a acusar de asesino a Jack el destripador?

Los previsibles resultados de estos debates: ¿Alguno de ellos va a contar que no pueden hacer críticas demoledoras –cuando las merecen- sobre ciertos libros de grandes grupos editoriales porque les retiran la publicidad? ¿Tendrá cojones alguien de entre los contertulios de reconocer que en el acuerdo de venta de una editorial se pactó con el comprador un buen trato por parte del suplemento cultural para con los libros de la empresa vendida? ¿Saldrán las invitaciones a viajes y el compadreo llamado “tú me tratas bien y yo edito tus libros”? ¿Se levantará acta de defunción –el cadáver ya huele y precisa de urgente sepultura- de la crítica literaria en España?

Les copio a continuación las fechas y participantes de las funciones del circo de los hermanos Tonetti. No me atrevo a elegir qué día va a ser más divertido. Yo, amante de la charlotada, no me pienso perder ni uno.

Programa 

La cultura, un pilar esencial en la prensa

Miércoles 4 de marzo

  • Antonio Caño (El País)
  • Màrius Carol (La Vanguardia)
  • Casimiro García-Abadillo (El Mundo)
  • Bieito Rubido (ABC)
  • Moderado por César Antonio Molina y Borja Baselga

 La cultura en papel, presente y futuro

Miércoles 11 de marzo

  • Borja Hermoso (El País)
  • Jesús García Calero (ABC)
  • Manuel Llorente (El Mundo)
  • Carmen Lobo (La Razón)
  • Nacho Orovio (La Vanguardia)
  • Concha Barrigós (Agencia EFE)
  • Moderado por Diana Lara

 La cultura en el medio audiovisual. presente y futuro

Miércoles 25 de marzo

  • Berta Tapia (RNE)
  • María José Ramudo (TVE)
  • Javier Torres (Cadena SER)
  • Ramón G. Pelegrín (Cadena Cope)
  • Cristina Casero (La Sexta)
  • Moderado por Javier Expósito

 Los suplementos culturales

Miércoles 15 de abril

  • Berna González Harbour (Babelia)
  • Fernando Rodríguez Lafuente (ABC De las Artes y las Letras)
  • Blanca Berasategui (El Cultural)
  • Sergio Vila Sanjuan (Culturas)
  • Moderado por Andrés Fernández Rubio

 La crítica cultural

Miércoles 29 de abril

  • Juan Cruz (El País)
  • Mercedes Monmany (ABC)
  • Ángel Basanta (El Mundo)
  • Juan Antonio Masoliver (La Vanguardia)
  • Moderado por Carlos Aganzo

 La importancia de la cultura en el periodismo en Internet

Miércoles 13 de mayo

  • Ignacio Cardero (El Confidencial)
  • Ignacio Escolar (El Diario)
  • Montse Domínguez (The Huffington Post)
  • Bernardo Marín (responsable de la Web de El País)
  • Fernando Baeta (responsable de la Web de El Mundo)
  • Moderado por Fernando Peinado

 Talleres en la Universidad Complutense

  • José Andrés Rojo (El País) Opinión y periodismo 16 de abril
  • Antonio Lucas (El Mundo) Poesía y periodismo 28 de abril

Lo que sí hay que reconocer es que el gremio de los toreros ha hecho un esfuerzo, están todos los primeros espadas. No falta ni uno de los mejor posicionados en el escalafón.

Pero no os preocupéis, queridos niños y niñas, porque si no os vienen bien estas fechas, tendréis la posibilidad de asistir a esta entretenida función en otra ocasión. El circo del periodismo cultural patrio, esta vez patrocinado por la Fundación Santillana, representará su opera buffa los días 10 y 11 de abril en lo que se llamará el 1º CONGRESO DE PERIODISMO CULTURAL . Tan importante congreso –el primero, pero no el último- se celebrará en el incomparable marco (expresión muy de periodista cultural, no me digan) del Palacio de la Magdalena de Santander. 46 periodistas 46 para hablar de periodismo cultural, ese agujero negro.

Dada la atención y expectación que este evento (y este asunto) está suscitando en todos los medios culturales de España, ya se están contratando bolos para que una nutrida representación de los mejores periodistas culturales represente la obra por los pueblos de España. Estamos de enhorabuena, en todos los pabellones deportivos de España y con motivo de la fiesta de la patrona/o (virgen o santo) local tendréis la oportunidad, queridos niños y niñas, de disfrutar, desde la silla de madera y con la bolsa de pipas en la mano, de la actuación de estos chicos tan graciosos y tan inteligentes.

¿Latinoamérica? Tranquilos, amigos. Para 2016 habrá gira por todos los países hermanos. Que no se diga que los españoles no compartimos con los pueblos hermanados por la lengua las cosas importantes y enriquecedoras.

Me pregunto yo: ¿a qué viene ahora –precisamente ahora- tanto interés por el periodismo cultural?

-¿De qué se hablará en ese 1º congreso, Margaret?

-Te lo cuento, Daphne, lo he leído en la web del congreso (aquí). Textual:

Dar cuenta de las creaciones literarias, teatrales, musicales, pictóricas, cinematográficas… He aquí la misión del periodismo cultural. Hacerlo de tal modo que la integridad de las obras quede a salvo, que llegue a los lectores con la impecable factura con que fueron concebidas; que la vitalidad creativa del sector cultural contagie entusiasmo y respeto. Con una visión crítica, razonable, fundamentada. Consciente de su influencia en la construcción del gusto y la elección de lo mejor.

 

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LA VERDAD, Y NADA MÁS QUE LA VERDAD, SOBRE LA “NOVELA DE LA TRANSICIÓN”

“Con todo, la televisión de comienzos de la Transición resultó ser una aliada excepcional de la novela a la hora de ganar lectores, de reactivar nuevos gustos narrativos y, en definitiva, de despertar un inusitado interés por la realidad inmediata e incluso de modificar la manera de percibir los acontecimientos que estaban sucediendo en España.”

Así concluye Jose Luis Calvo Carilla, profesor de Literatura de la universidad de Zaragoza, el capítulo (aquí) “Contextos discursivos audiovisuales de la novela española de la Transición” (Págs. 205 a 230) de su estudio “El relato de la Transición” publicado por la misma universidad en 2013.

José Luis Calvo Carilla da noticia de la corriente de experimentalismo a que se apuntaron los escritores españoles –muy modernos ellos- a finales de los años 60 y de cómo, casi una década después , gracias Dios y, sobre todo, a la Televisión, sí, a la TELEVISIÓN, dejaron de hacer el chorra, se adaptaron a lo que la gente quería –que no era más que lo que la TV de finales del franquismo les estaba dando- y de repente se dieron cuenta de que habían ganado lectores de forma amplia. La televisión, queridos Jordi Gracia, Juan Cruz y Muñoz Molina. Así que menos lobos, Caperucita. Ya está bien de decir estupideces. NO ME GUSTA QUE ME LA QUIERAN METER DOBLADA. Ya basta de querer retratar, 35 años después, a los “novelistas de la Transición” (Marías, Pombo, Azua, Vila-Matas, Millás, Merino, Montero…), como los abanderados de la libertad y la democracia; como los pobres escritores sometidos y sojuzgados por la negra bota castrense de la censura franquista que al llegar la democracia habían conseguido ¡por fin! publicar esas grandes novelas que tenían guardadas en el cajón para mejor ocasión. ¡Patrañas! Coño, ¡Patrañas!

 Ya dejamos clara nuestra postura ante este intento de vendernos la moto en “Los héroes literarios de la Transición atacan de nuevo”, nuestro “post” de hace unas semanas, pero como resulta que nos hemos tenido que desayunar con un nuevo articulito sobre el asunto en EL CULTURAL, y ya estamos hartas, pues hemos echado mano de quien de verdad sabe para poner los puntos sobre las íes.

 Nota: aquí abajo pueden leer el articulito, “Recuento”, de Echevarría en EL CULTURAL a que nos referimos arriba. Se encontrarán con otra más de las típicas piezas del Echevarría de los últimos años: un tirón de la oreja, pero sin que duela mucho. Que se vea que sé mucho (más de lo que escribo), pero que nadie se enfade demasiado conmigo.

AECHE

Para centrar el tema y con la intención de que no se vuelvan a permitir los manipuladores de la historia literaria de España los lujos que se permiten al recordar este asunto, dejo aquí unos extractos del texto de Calvo Carilla:

 Por otra parte, existió también una apreciable revitalización genérica. El cultivo intensivo de nuevos temas y de nuevas modalidades –policiaca, negra, utópica, histórica de aventuras, erótica, etc.– enriqueció el panorama de la narrativa, que conquistó así sectores más amplios de un público lector y creó las bases de una industria editorial desconocida hasta entonces en España. Tal fenómeno, más sociológico que puramente literario, fue el resultado de muchos vectores concurrentes, como el desarrollo económico, la conquista de las libertades, la relajación censora del tardofranquismo, la profesionalización de la industria editorial y del oficio de escritor, etc. En el contexto de todas estas circunstancias apuntadas, tuvo lugar también un reencuentro con un nutrido grupo de lectores de novela quienes, al borde de la saturación de experimentalismo, habían terminado apartándose de la narrativa dominante en los últimos años.

El presente artículo pretende llamar la atención sobre un fenómeno hasta ahora escasamente valorado: el de ese llamativo reencuentro de la novela con el lector, el cual tiene en la televisión del último franquismo y de comienzos de la Transición una de sus claves explicativas determinantes.

 (…)

 La pequeña pantalla, con la inestimable ayuda del segundo canal, había venido creando en el espectador la familiaridad con adaptaciones de relatos de formatos tan variados como el folletinesco, el policiaco y criminal o el de anticipación y de misterio. La visualización narrativa de muchas de estas ficciones estaba reactivando en la memoria del espectador el recuerdo de sus lecturas adolescentes, mientras que en otras le instaba a una puesta de largo dignificadora de aquellas novelitas de quiosco –negras, rosas, del Oeste…– que no pocos españoles de la época acostumbraban a devorar por docenas para matar el rato. Fue, pues, esa audiencia televisiva, habituada pronto a tales adaptaciones de los más variados géneros, la que constituyó en buena medida el terreno abonado para la existencia de nuevos lectores: aquellos a quienes buscaron los novelistas a comienzos de la Transición.

Por lo tanto, gracias a la pequeña pantalla –se viene insistiendo en ello– alcanzaron en buena medida una perceptible revitalización otras modalidades de novela, como la fantástica o la criminal, que venían llevando una existencia underground en los sesenta, dada su doble condición de víctimas del rechazo creador y del desprecio académico y crítico (del rechazo del novelista de la época –por su carácter «paraliterario», incompatible con el compromiso social exigible al escritor– y, por esa misma etiqueta, y en el mejor de los casos, pasto fácil de estudios estructuralistas y sociológicos que terminaron de relegarlas al cajón de sastre de la infraliteratura, a la subcategoría de apéndices residuales del género e, incluso a un a veces inmerecido limbo literario y comercial). La televisión fue, en definitiva, la que ayudó de modo decisivo a los espectadores a recuperar y a dignificar unos gustos narrativos hasta entonces minusvalorados, los cuales habían quedado relegados a un consumo doméstico (que, en su escala más modesta, se proveía no pocas veces en el compro y cambio del quiosco).

(…)

  De todos modos, sería injusto atribuir únicamente a la televisión estatal el mérito exclusivo de esta transición de la novela española a la sencillez estructural y a la apertura a la variada gama de posibilidades temáticas que venía cultivando la novela contemporánea en otros países. Un sector considerable del lectorado seguía fiel a los insistentes reclamos del bestsellerismo internacional, cuyos populares títulos –llevados por regla general al cine y servidos por nuevas y modernas plataformas promocionales– llegaron a multiplicar el número de sus lectores. Tal es el caso del emergente fenómeno publicitario y comercial de Editorial Planeta o del Círculo de Lectores, creado en 1962 por Reinhard Mohn, presidente del grupo alemán Bertelsmann, y Pere Quintana, fundador de la editorial española Vergara, y que en 1965 contaba ya con cien mil socios. Tampoco cabe pasar por alto las interacciones discursivas entre la novela y el cine, campo en el que el español medio pudo contemplar numerosas adaptaciones de obras literarias pese a que, al filo de la Transición, siguiera respaldando de forma mayoritaria el «destape» y el landismo y, en menor medida, la comedia costumbrista de corte realista.

(…)

REALIDAD TELEVISIVA Y REALIDAD NOVELESCA

Con la perspectiva histórica de que hoy se dispone, en lo que no parecen existir dudas es en el hecho de que la estimulante realidad generada por la transición política resultó un atractivo camino para el ejercicio del realismo colectivo e individual. Los medios de comunicación se convirtieron en no pocas ocasiones en guías e incluso en avanzadilla de su cultivo. Puede afirmarse, pues, de modo general, que la transición de la novela hacia el realismo durante los años de la Transición (esta vez con mayúscula) en modo alguno fue un caso de evolución aislada del contexto sociohistórico y cultural en el que se inscribía. En última instancia, fue el espíritu de realismo político regido por el pragmatismo y el pacto social el mismo que presidió el cambio de la dictadura a la democracia, se extendió a la vida cotidiana, contagió a los novelistas y estimuló el hambre de actualidad de los lectores.

No cabe duda de que ese reencuentro de la novela con el lector de mediados de los setenta –renuncia hecha del encorsetamiento experimental del género– tuvo como espacio privilegiado la realidad inmediata, y encontró un incondicional aliado en la televisión, el medio narrativo por excelencia, que había modelado los hábitos sociales, los gustos estéticos y aun la mentalidad colectiva nacional de las generaciones de españoles que estaban conviviendo en el tardofranquismo, y que desde los primeros años de la Transición se aplicó a registrar cada vez con mayor fidelidad el día a día inmediato.

Como curiosidad copio esta nota a pie de página del texto de Calvo Carilla:

En 1955, y bajo el título de «La fama tiene estos nombres», el número 321 de El Español reproducía una encuesta del Instituto de la Opinión Pública que, ofrecía, entre otros, el escalofriante dato de que el 75% de los españoles no habían leído nunca una novela Entre el 25% restante, y al margen del best-seller de José María Gironella en 1947, Los cipreses creen en Dios –con un 3% de lectores, especialmente en las zonas rurales–, el 2% se repartía entre las novelas premiadas en el Nadal o en el Planeta u obedecía a fidelidades inquebrantables e igualmente minoritarias –Una casa con goteras, de Santiago Lorén–, entusiasmaba al 2% de la población lectora; en el heterogéneo cajón de sastre en el que entraba el 1% del lectorado figuraban el Quijote, Lo que nunca muere, Pequeño teatro, La sombra del ciprés es alargada, Cuerda de presos y «otras novelas».

 Si quieren leer un PDF del texto de José Luis Calvo Carilla, pueden pinchar aquí.

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EL IMPOSTOR DE JAVIER CERCAS por Sebastiaan Faber

No pienso mancharme las manos de tinta –y menos de sangre- con la reseña de “El impostor” de Javier Cercas. Bastante tengo con que la editorial me haya sacado 22€. Por ese motivo reproduzco la primera parte de la mejor reseña que he leído sobres esta “novela sin ficción”, la de Sebastiaan Faber. Si pinchan en el enlace del final, accederán a la reseña completa en la página de FronteraD, una web que vale la pena. También recomiendo la “Antolojía” en papel de los 5 primeros años de FronteraD.

“Lo primero que hay que hacer al leer una novela es desconfiar del narrador”

Javier Cercas, El impostor

 La “novela sin ficción”, cuya patente española tiene pendiente Javier Cercas, es como la cerveza sin alcohol: un producto algo aguado, cuyo empalago apenas sirve para esconder su naturaleza puritana. ¿Cómo se fabrica un brebaje así? En vista de los dos ejemplos del género producidos hasta la fecha, Anatomía de un instante (2009) –una reconstrucción del golpe militar fallido del 23-F– y El impostor (2014) –una reconstrucción de la vida de Enric Marco, que mintió durante varias décadas sobre su paso por un campo de concentración nazi hasta que fue desenmascarado en 2005– la receta de Cercas tiene unos cuatro ingredientes básicos.

 En primer lugar, cuenta con un narrador plenamente identificado con el autor que emprende una investigación con el objetivo de descubrir una verdad histórica escondida. Aparte de su condición de novelista, el narrador no tiene preparación profesional particular para esa tarea; no es historiador ni periodista (aunque se comporta más como periodista que como historiador). Lo que le mueve es una fascinación personal con el episodio en cuestión y la intuición de que el descubrimiento de la verdad representa un interés más general (quizás nacional). Es tal el atractivo de la historia, tal su calidad dramática o literaria, y tal el interés de darla a conocer –se nos asegura– que el novelista, en un acto de autocontención, se resigna a prescindir de su derecho habitual de invención o embellecimiento y se limita a contar la verdad y nada más que la verdad.

 El segundo ingrediente de la novela sin ficción de Cercas es su dimensión autorreferencial. El narrador-autor insiste en referirse sin cesar al texto que tenemos entre manos. A esta autoconciencia continua le acompaña un tercer ingrediente importante: una dosis generosa de autobiografía. Al mismo tiempo que nos reconstruye una verdad histórica, el narrador-autor reconstruye el propio proceso de esa reconstrucción, lo que significa que nos reconstruye un segmento de su propia vida. En términos afectivos, la dimensión autobiográfica funciona como contrapunto. Si el relato de la verdad descubierta rezuma dramatismo y cierta autoconfianza heroica de parte del narrador –no duda de que hay una verdad que descubrir, de su propia capacidad de descubrirla, ni de la importancia de su proyecto– los pasajes autobiográficos están escritos en clave anti-heroica y confesional, con momentos directamente bufos. El narrador-autor nos revela que detrás de la imagen pública del autor de éxito se esconde un pobre hombre, con sus dudas y debilidades (le gustan las películas de Bruce Willis), sus intentos y fracasos (proyectos malogrados, manuscritos desechados), y con un complejo de inseguridad casi patológico. (Cuenta que en 2009, después de publicarse Anatomía, “combatía a duras penas la angustia y los ataques de pánico, me acostaba llorando, me despertaba llorando y me pasaba el día escondiéndome de la gente, para poder llorar”).

 El ingrediente básico final de la novela sin ficción a lo Cercas es un cuarto de kilo de ensayismo sentencioso y predicador con aderezo filosófico (denominación de origen: la página de opinión de El País). A medida que nos reconstruye la verdad histórica que va descubriendo, y el proceso de ese descubrimiento, el narrador-autor siente unas ganas irreprimibles de opinar y filosofar sobre el significado de esa verdad revelada y sobre los factores que puedan haber motivado los intentos por encubrirla, afán que le lleva a pronunciar diagnósticos y juicios morales de amplio alcance sobre España y los españoles durante y después de la dictadura franquista, además de pequeños bocados de sabiduría casera que, a modo de leitmotive, flotan por el texto como albóndigas en una sopa: “La realidad mata, la ficción salva”; “el énfasis en la verdad delata al mentiroso”; “el pasado no pasa nunca, ni siquiera –lo dijo Faulkner– es pasado; el pasado es solo una dimensión del presente”; “el deber del arte (o del pensamiento) consiste en mostrarnos la complejidad de la existencia, a fin de volvernos más complejos, en analizar cómo funciona el mal, para poder evitarlo, e incluso el bien, quizá para poder aprenderlo”.

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 El novelista sin ficción es un traficante de verdades. Pero bien mirado son varios los tipos de verdad los que Cercas nos pretende vender. Cabe distinguir al menos tres, que corresponden más o menos a tres de los cuatro ingredientes que acabo de enumerar: una verdad autobiográfica, una verdad histórica y una verdad ensayística. Para cada tipo de verdad, el autor se arroga un tipo de autoridad diferente: digamos que en el contrato que establece Cercas con el lector cada tipo de verdad tiene su propia cláusula. Así, la verdad autobiográfica se fundamenta sobre una autoridad moral: los lectores confiamos en que el narrador no nos mienta sobre lo que vive y siente. La verdad histórica se fundamenta sobre una autoridad epistemológica: confiamos en las destrezas, el rigor y la honestidad del narrador como investigador del pasado: que haya sabido localizar la documentación adecuada; que haya hecho las pesquisas pertinentes; que no haya falsificado o escondido pruebas, incluso si éstas contradicen sus propias hipótesis. La verdad ensayística, finalmente, se fundamenta sobre una autoridad filosófica y ética: el narrador nos pide que confiemos en su capacidad de pensar, de razonar e interpretar, y por tanto de juzgar.

 Ahora bien, un problema fundamental de la novela sin ficción de Cercas es la falta de equilibrio entre estas tres autoridades. La autoridad más sólida en El impostor (como también en Anatomía) es sin duda la segunda, la epistemológica. La reconstrucción de la biografía de Marco está muy bien lograda; Cercas desentierra gran parte de una vida desconocida hasta la fecha y la cuenta con gracia, economía y empatía dignas de admiración. La autoridad autobiográfica resulta un poco más dudosa. La aparente honestidad del narrador –es decir, su falta de inhibición a la hora de revelarnos sus dudas más íntimas– parece forzada y coqueta, y el personaje que surge de sus confesiones tiene un no sé qué de caricatura. Hacia el final del libro, cuando Cercas abre el grifo confesional de lleno en un diálogo inventado con Marco, cuyo impulso auto-acusatorio recuerda La Nochebuena, de Larra, y Niebla, de Unamuno, es difícil no sentir un punto de vergüenza ajena: “Le da pánico que descubran que es usted un mentiroso y un farsante” –afirma el marioneta Marco movido por el propio Cercas– “…y por eso se esfuerza de una manera sobrehumana para que todos crean que es usted lo que no es, o sea un buen escritor y un buen ciudadano y una persona decente y toda esa porquería tan prestigiosa…: cada mañana levantándose casi de madrugada y escribiendo durante todo el día para mantener la impostura, para que no le pillen…”.

 La autoridad más débil de las tres sin duda es la filosófica-ética. Haciendo caso omiso de las albóndigas de sabiduría casera ya mencionadas, las verdades ensayísticas con aspiración de trascendencia llegan a una media docena, entre interpretaciones del personaje de Marco e interpretaciones de la historia reciente española. Son casi todas debatibles.

Pinche (aquí) para continuar leyendo esta reseña en FronteraD.

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NUEVO PREMIO DE LA ASOCIACIÓN DE “PERIODISTAS” CULTURALES DE CATALUÑA

Vuelvo a repetirlo y no me canso:

“Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que se publique. Lo demás son relaciones públicas” George Orwell

La Associació de Periodistes Culturals de Catalunya monta un premio, el “Ressenya”, y se lo entrega, en su 1ª edición, a don Jorge Herralde, director editorial de Anagrama. No tenemos nada que objetar si se trata de reconocer los méritos de Herralde como editor, que son muchos y destacados. Lo que nos ha hecho mucha gracia es lo que don Jorge, aparentemente emocionado y con la lengua suelta, manifestó sobre su buena relación con los periodistas y críticos ¿Serían los editores tan amables de al menos disimular un poco? ¿Se premia al editor o al relaciones públicas? ¿Canapés de salmón o de ibérico? Que prefereixes?

Jorge Herralde luciendo el trofeo (las gafas, no es broma)

Nota: la sargento Margaret, en negrita, cursiva y entre corchetes, se ha permitido comentar las declaraciones de don Jorge Herralde.

(Aquí) “Ya no lanzo aullidos de rabia ante las malas críticas”. [Porque sus libros, don Jorge, ya no reciben malas críticas. ¿Cuándo fue la última mala crítica? ¿Se acuerda, don Jorge?]

(Aquí) “Los periodistas culturales eran nuestros mayores aliados [¿Eran?] (…) Era muy cómodo, [No, si ya] al autor le bastaba con pasar 24 horas en Barcelona para salir en un montón de medios durante la semana en la que había estado aquí. [Y todos los medios hablaban bien del autor y del libro, qué casualidad] Sigue ocurriendo, las ruedas de prensa de Anagrama son una rara avis en el ambiente literario: aunque se convocan muy a menudo (a veces incluso hay dos por semana) suelen estar concurridas [Salmón ahumado o ibérico]. (…) Es algo que no ocurre en ningún otro país. Los editores franceses, por ejemplo, me tienen mucha envidia por eso, porque si ellos convocan una rueda de prensa, si viene un periodista de Le Monde no viene ninguno de Le Figaro, y al revés. [Qué mala gente son los periodistas culturales franceses, con lo bien que se lo pasa uno cotilleando con los colegas, bebiendo copitas y comiendo canapés en las ruedas de prensa y presentaciones de libros.] Que los periodistas culturales se lleven tan bien como se llevan en España no es habitual. Somos como una familia, como la segunda familia, o una familia paralela, a muchos de ellos los veo dos veces por semana”. [Qué emoción, se me saltan las lágrimas. Si es que la familia es lo mejor que tenemos los humanos.]

Hace un año las chicas de Patrulla de Salvación escribimos (aqui) sobre el periodismo cultural en España. Utilizamos dos ejemplos bastante ilustrativos.

 -Lo mismo es que la expresión catalana “periodistes” no se traduce como “periodistas” en castellano, Margaret.

-No digas estupideces, Daphne.

 

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GENOVEVA CASANOVA. La nueva reina del mundo literario español

Genoveva Casanova estuvo casada con un hijo de la duquesa de Alba. Genoveva Casanova luego fue novia de un hijo de Mario Vargas Llosa; de hecho acompañó a Estocolmo a este último a recoger el Premio Nobel. [¿Fue en aquella ocasión tan especial cuando las musas anidaron, para quedarse, en su mente?] Genoveva, según cuenta aquí, para entonces ya hacía sus pinitos con la escritura, pero nunca se atrevió a enseñar sus cositas al papa de su novio. Genoveva Casanova es novia –ahora- de José María Michavila, ex ministro de justicia con el gobierno de Aznar y actualmente socio de uno de los despachos de gestión de patrimonios y representación de artistas más importantes del mundo. (Alejandro Sanz, Shakira…)

Genoveva Casanova (eva-ova / ova-eva ¿tendrá sangre rusa?), por fin, llega a ver hecho realidad su sueño. El príncipe Planeta vestido de uniforme ha venido con su carroza y le ha probado el zapatito de cristal. El día 14 de abril, su novela titulada “El llanto de los elefantes” llega a la mesa de novedades del Corte Inglés. (También llega a las otras mesas, pero a ella eso le trae sin cuidado).

AQUÍ VA LA SINOPSIS:

La protagonista de esta novela es la hija única de un matrimonio de clase acomodada cuyo padre es diplomático. Después de una infancia y juventud muy felices en México, ella regresa sola a Madrid. Allí conocerá al joven perfecto: atractivo, carismático, rico, de la alta sociedad. Se enamora locamente de él y se casan. Pronto tienen una niña y los primeros problemas. El maravilloso marido se convierte en un maltratador y ella escapa.

En un viaje que hace a la India con sus mejores amigas de la infancia, son secuestradas por un grupo terrorista, un episodio que, lejos de traer consecuencias trágicas para ella, supone un cambio radical en su vida: se enamorará del político indio que se encarga de la negociación del secuestro y de la posterior liberación.

Sin embargo, no será una relación fácil. A pesar del amor que se profesan, las diferencias entre ellos, prácticamente irreconciliables, marcarán el devenir de su idilio. Pero todo puede cambiar…

Para los que conozcan la vida de esta autora novel algunas –no todas- de las cosas que le ocurren a la protagonista les serán familiares. Genoveva Casanova, siguiendo el camino marcado por Javier Cercas y Antonio Muñoz Molina, incorpora elementos reales de su vida a la ficción y termina, como los otros dos autores, dando a luz una estupenda y moderna novela. La autoficción es lo que mola, tú.

Estaba el mercado literario huérfano de grandes novelas. Se acabó la sequía. Gracias, Planeta.

Bonita -¿o no?- la portada del libro de Eva-ova:

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