Por extraño que pueda parecer, con lo que Levin estaba encariñado era precisamente con la casa, con la familia y, sobre todo, con la parte femenina de la familia.
Levin no recordaba a su madre; tenía sólo una hermana, y ésta mayor que él. Así pues, en casa de los Scherbazky se encontró por primera vez en aquel ambiente de hogar aristocrático e intelectual del que él no había podido gozar nunca por la muerte de sus padres.
Todo, en los Scherbazky, sobre todo en las mujeres, se presentaba ante él envuelto como en un velo misterioso, poético; y no sólo no veía en ellos defecto alguno, sino que suponía que bajo aquel velo poético que envolvía sus vidas se ocultaban los sentimientos más elevados y las más altas perfecciones.
Que aquellas señoritas hubiesen de hablar un día en francés y otro en inglés; que tocasen por turno el piano, cuyas melodías se oían desde el cuarto de trabajo de su hermano, donde los estudiantes preparaban sus lecciones; que tuviesen profesores de literatura francesa, de música, de dibujo, de baile; que las tres, acompañadas de mademoiselle Linon, fuesen por las terdes a horas fijas al boulevard Tverskoy, vestidas con sus abrigos invernales de satén -Dolly de largo, Natalia de medio largo y Kitty completamente de corto, de modo que se podían distinguir bajo el abriguito sus piernas cubiertas de tersas medias encarnadas-; que hubiesen de pasear por el boulevard Tverskoy acompañadas por un lacayo con una escarapela dorada en el sombrero; todo aquello y mucho más que se hacía en aquel mundo misterioso en el que ellos se movían, Levin no podía comprenderlo, pero estaba seguro de que todo lo que se hacía allí era hermoso y perfecto, y precisamente por el misterio en que para él se desenvolvía, se sentía enamorado de ello.
Este texto pertenece al capítulo VI de la primera parte de Ana Karenina, de Lev Tolstoi. Describe cómo Levin comienza a enamorarse de Kitty. Hay quien dice que el personaje principal de este libro es Levin –alter ego del autor- y no la Karenina, pero esa es otra historia.
He leído estos párrafos en voz alta a tres personas (que no habían leído previamente la obra) y han entendido perfectamente de lo que se trata. Una de ellas me ha pedido el libro.
Hagan la prueba: lean en voz alta este texto (o cualquier otro de la obra de Tolstoi) a otra persona y verán como no hace falta una segunda lectura para que su acompañante comprenda lo que quiere decir el autor.
Pues según dice Agustín Fernández Mallo (AQUÍ) esto no es una novela. Fernández Mallo dice que Ana Karenina no es novela. ¡Toma castaña!
Escribe hoy Fernández Mallo en El Cultural:
Los escritores de la novela culta, es decir, el género que en el siglo XX y lo que llevamos del XXI hemos llamado literatura a secas, se quejan de que sus libros ni son consumidos por el lector ni están bien atendidos por las promociones en el mercado. Y en parte tiene razón. Pero el problema no es que se lea menos novela culta –no nos engañemos, siempre ha sido minoritaria-, sino que otra clase de escritura, antes llamada folletinesca y ahora llamada “bestsellera” le ha robado el nombre a aquella. En efecto, una de las características de la mayoría de los bestsellers es que pueden ser leídos en voz alta sin detrimento de su contenido ni detrimento de la comprensión por parte del oyente. Por eso no pertenecen al género de la novela. Una novela es un tipo de escritura sujeta a unos mecanismos de complejidad y construcción tales que impiden la oralidad, o si no la impide desde luego la hacen penosa y difícil. De modo que lo que ocurre es que se confunde el relato oral puesto por escrito con la novela. El mercado mete todo en el mismo saco. Bienvenidos sean los relatos orales puestos por escrito, y bienvenido sea que vendan millones de ejemplares porque ello permite a las editoriales seguir financiando a escritores que escriben novelas, pero desde luego tales libros tienen poco que ver con la novela.
Yo no digo que Agustín Fernández Mallo sea gilipollas, pero lo anterior es una de las más grandes gilipolleces con las que me he encontrado en mi ya larga vida de lectora.
El argumento del autor de Nocilla Experience es simple: un texto narrativo que permita su transmisión –y comprensión- oral no es novela. Según Agustín, la auténtica novela debe ser complicada y difícil de leer. Todo lo demás no tiene la suficiente calidad como para llamarse novela. Sólo tiene razón en una cosa: las ventas de los bestseller (esas mal llamadas novelas, según él) dan de comer a los autores minoritarios, los genuinos artistas, según él.

Lo que hay debajo de todo esto son tres cosas:
1.- Una prosa difícil de leer –igual que una estructura complicada para una novela- permite, en la mayoría de los casos, ocultar la falta de talento y de esfuerzo de su autor.
2.- Con artículos como este se alimenta el convencimiento que muchos editores tienen de que publicando a estos chicos (los que escriben complicado) están actuando como generadores de alta cultura, como guías de viaje que marcan el camino a los elegidos –siempre poco numerosos- para llegar al conocimiento profundo del ser humano y sus circunstancias.
3.- Propagar que la buena literatura es la que hacen los que escriben difícil permite también justificar –y esto está relacionado con el punto anterior- que la edición de sus libros sea un negocio deficitario para las editoriales.
Lo que realmente tiene mérito es traducir –como hicieron Tolstoi y Flaubert- todos los torbellinos huracanes y tsunamis que un autor tiene en su cabeza a un lenguaje que cualquiera puede entender. En sus novelas, Tolstoi nos permite tanto comprender los más altos sentimientos, como asomarnos a los más profundos abismos del hombre y contemplar sus más oscuras pasiones. Pero el viejo de Yasania Poliana tuvo el detalle de escribirlas –sus novelas- con un lenguaje accesible. Y eso fue lo que más esfuerzo le costó. Lean sus diarios.
Ya estamos cansadas de estos elitistas. Qué hartura, chica. Propongo que María Dueñas, Arturo Pérez-Reverte y Carlos Ruiz-Zafón monten un sindicato y que la primera medida sea la de negarse a publicar con aquellas editoriales que dan cancha a escritores que como Fernández Mallo se dedican a insultarlos y a descalificar lo que tanto esfuerzo les cuesta escribir.
Nota importante: pido perdón a todos mis lectores -a los que adivino poseedores de un alma sensible- por haber mezclado en el mismo «post» los nombres de Tolstoi y Flaubert con el de Agustín Fernández Mallo. Era necesario.
















