Por favor, un poco de silencio. Voy a hacer una declaración importante:
He terminado El tiempo entre costuras, (Temas de hoy, 2009) y me ha gustado. La lectura de la novela de María Dueñas me ha proporcionado sensaciones muy agradables. Ya está.
Lo que van a leer a continuación no es una reseña sino un estudio científico de las causas del grandísimo éxito de ventas que ha conseguido este libro.
-¿Lo ves, Margaret? ¿A que no era tan difícil?
-Es cierto, Daphne. Además ahora me siento más relajada. Solo hay una cosa que me fastidia: estoy segura de que en este mismo instante, sin haber terminado de leer este “post”, ya hay cuatro perroflautas letraheridos que están twitteando que la Margaret es una maruja y una petarda.
-Que les den, mi sargento. Cuando hace once meses comenzamos Patrulla de Salvación nos comprometimos a decir siempre la verdad, ¿Te acuerdas? La sinceridad es nuestra máxima. Pero ponte ya a la tarea, que se hace tarde.
ANÁLISIS CIENTÍFICO
Como bien decía Simón Leys, ( en La felicidad de los pececillos, Acantilado, 2011) es imposible escribir un bestseller de forma premeditada. Y menos –esto lo digo yo- si se trata de la primera novela. Empiezo con esto para que nadie crea que estoy acusando María Dueñas de utilizar trucos para enganchar a sus lectores. Este libro está escrito de la forma más honesta, me consta. Todos los recursos utilizado por la autora son legítimos y, es más, de agradecer. Pero tampoco se debe deducir –yéndonos al otro extremo- que la flauta sonó por casualidad: en la forma de escribir de Dueñas se aprecian buenas dotes para el oficio y se nota que se lo ha trabajado mucho.
1.- El narrador y el principio.
El señor James Wood (crítico del The New Yorker) en su libro Los mecanismos de la ficción (Gredos, 2009) se declara un enamorado del narrador omnisciente. Dice don James que el narrador en tercera persona es más de fiar que el que lo hace en primera. Todo eso está muy bien y seguro que este señor tan listo y leído tiene razón. Pero el partido que Dueñas le saca a la primera persona no hubiera sido factible con otro tipo de narrador.
Veamos como comienza la novela:
Una máquina de escribir reventó mi destino. Fue una Hispano-Olivetti y de ella me separó durante semanas el cristal de un escaparate. Visto desde hoy, desde el parapeto de los años transcurridos, cuesta creer que un simple objeto mecánico pudiera tener el potencial suficiente como para quebrar el rumbo de una vida y dinamitar en cuatro días todos los planes trazados para sostenerla. Así fue, sin embargo, y nada pude hacer para impedirlo.
(Las negritas son mías)
Si esta novela ha vendido ya más de 1.200.000 ejemplares (PVP: 22€) no es gracias a la publicidad de Planeta (escasa), sino al boca oreja de sus lectores. Para que esas recomendaciones se produzcan, el lector debe haber disfrutado con la novela y, más importante, se tiene que haber enganchado desde el comienzo. Por eso las primeras líneas son fundamentales. ¿Qué nos promete la autora en ese primer párrafo? En una palabra: pasión. ¿A quién no le apetece vivir una pasión arrebatadora sabiendo además que no tendrá consecuencias negativas?
La protagonista tenía una vida estable, como dios manda, de esas que nuestras madres deseaban para nosotras. Pero una pasión hará que todo salte por los aires. Todo eso lo adelanta el primer párrafo. Léanlo de nuevo. Habrá pasión, pero de las arrolladoras. Porque: “reventó”, “quebrar” y “dinamitar”. Eso hace una pasión con una vida. Pero habrá pasión, sobre todo, porque “nada pude hacer para impedirlo”.
Ahora pongamos esa frase en tercera persona: “nada pudo hacer para impedirlo”. Muy diferente, ¿verdad? Les voy a copiar, pidiéndoles perdón de antemano, lo que, en un arranque de admiración rabiosa, anoté en el margen de la primera página de mi ejemplar cuando leí la novela por segunda vez: “Qué coño sabría el narrador omnisciente –en caso de haberlo usado-, que no tiene sexo, que no se excita cuando lo acarician y que no se enamora, sobre si pudo la protagonista resistirse o no.” (Lo de las caricias lo entenderán luego). Soy consciente de que lo que acabo de escribir no es nada ortodoxo, pero creo que saben donde quiero ir a parar: con la primera persona la autora consigue que, desde el primer momento, el lector se sienta identificado con la protagonista y, sobre todo, adquiere verosimilitud desde el principio.
Al lector le resulta más fácil sentirse cómplice de esa narradora en primera persona. El lector sabe que siempre es posible resistirse a una tentación, pero le gusta, le apetece, cogerse de la mano de su amiga la narradora y meterse en el barro, dejarse llevar por la pasión. El lector va a hacer, en la piel de la protagonista, lo que nunca haría en la vida real. Sentirse cómplice de ese tal omnisciente, en casos como este, resulta muy complicado. Y hemos venido a pasarlo bien, ¿no?
El esfuerzo que la autora hace en las primeras páginas por atrapar al lector (me encanta que me atrapen) es encomiable:
Sira Quiroga, la protagonista, tiene un novio de los formales. Un buen chico. Se llama Ignacio y “está destinado a ser el buen padre de mis hijos” (Pág. 17). Pero se va a cruzar el canalla, el caradura. A todas las españolas nos han atosigado nuestras madres con eso de cásate con un chico decente. Pero a nosotras nos ponen los golfos, ¿verdad? Nos casamos con un hombre decente y pasamos toda la vida echando de menos al truhan. María Dueñas sabe todo esto y ha construido una novela que, leídas las primeras 30 páginas, es imposible dejar.
Vean por qué:
Sira e Ignacio deciden comprar una máquina de escribir y acuden a una tienda donde les atiende Ramiro Arribas (el canalla), el gerente del establecimiento:
Pág. 27
Tardamos aún un rato hasta dar por finalizada la gestión. A lo largo del mismo, las señales de Ramiro Arribas no cesaron ni un segundo. Un roce inesperado, una broma, una sonrisa; palabras de doble sentido y miradas que se hundían como lanzas hasta el fondo de mi ser. Ignacio, absorto en lo suyo y desconocedor de lo que ocurría ante sus ojos, se decidió finalmente por la Lettera 35 portátil, (…)
-Magnífica decisión- concluyó el gerente alabando la sensatez de Ignacio. Como si este hubiera sido dueño de su voluntad y él no le hubiera manipulado con mañas de gran vendedor para que optara por ese modelo-. La mejor elección para unos dedos estilizados como los de su prometida. Permítame verlos, señorita, por favor.
Tendí la mano tímidamente. Antes busqué con rapidez la mirada de Ignacio para pedir su consentimiento, pero no la encontré: había vuelto a concentrar su atención en el mecanismo de la máquina. Me acarició Ramiro Arribas con lentitud y descaro ante la inocente pasividad de mi novio, dedo a dedo, con una sensualidad que me puso la carne de gallina e hizo que las piernas me temblaran como hojas mecidas por el aire de verano. Solo me soltó cuando Ignacio desprendió su vista de la Lettera 35 y pidió instrucciones sobre la manera de continuar con la compra.
¿A ver quién es la guapa que después de leer estos párrafos no está completamente enganchada y no necesita devorar, página a página, esta novela hasta el final?
Pero que nadie piense que se trata de una novela solo para mujeres. El argumento anterior vale también para los hombres: ellos se enamoran de Campanilla pero se terminan casando con Wendy. El caso de Humbert, el personaje de Lolita de Nabokov, sería –salvando las diferencias- el equivalente masculino de Sara Quiroga. Permítanme un inciso: el asunto este de la literatura solo para mujeres me tiene a mí muy cabreada. Hay literatura solo para mujeres, es verdad, pero es solo de mala calidad. Me refiero a la novela romántica o la “Chick-lit”. La literatura de calidad es buena tanto para él como para ella. Pero de esto ya hablaremos otro día.

En inglés
2.- Mensajes subliminales
Definición de subliminal: adjetivo. [Percepción sensorial, emoción o sensación] que el hombre percibe y experimenta sin tener conciencia de ello.
¿Recuerdan aquello de la publicidad subliminal que se puso de moda hace veinte años? Me acuerdo de un anuncio de colonia para hombre en el que la sombra de él se proyectaba sobre el borde de una piscina de la cual salía una chica en bikini. La mano de la chica, al apoyarse en el borde para impulsarse y salir, venía a aterrizar exactamente encima del trozo de sombra que correspondía a la entrepierna del caballero. ¿Casualidad? No. ¿Era consciente el posible comprador de que estaba recibiendo el mensaje? No. ¿Actuaba ese mensaje en el subconsciente del señor y lo llevaba a comprar o a desear que le regalasen esa marca? Sí.
Pues María Dueñas, sin ser consciente de ello, usa este tipo de mensajes subliminales en el comienzo de su novela. Y no me estoy refiriendo a frases como la que acaban de leer: “miradas que se hundían como lanzas hasta el fondo de mi ser”. No, hablo de otro tipo de expresiones mucho más sutiles, pero por ello más efectivas.
Ejemplos:
Pág. 34
Me acerqué intentando que mi paso sonara firme, llevaba las palabras preparadas. No se las pude decir. No me dejó. En cuanto me tuvo a su alcance, me rodeó la nuca con la mano y plasmó en mi boca un beso tan intenso, tan carnoso y prolongado que mi cuerpo quedó sobrecogido, a punto de derretirse y convertirse en un charco de melaza.(…) Bebía el aire que él respiraba y a su lado caminaba a dos palmos por encima de los adoquines. Podrían desbordarse los ríos, desplomarse los edificios y borrarse las calles de los mapas; podría juntarse el cielo con la tierra y el universo entero hundirse a mis pies que yo lo soportaría si Ramiro estaba allí.
Pág. 36
Ramiro metiendo bombones en mi boca y yo rozando con mis labios la punta de sus dedos, a punto de derretirme de amor.
Pág. 64
Hubo horas de amor amontonado en la habitación del Continental mientras las cortinas blancas ondeaban con la brisa del mar; pasión furiosa bajo el ruido monótono de las aspas del ventilador mezclado con el ritmo entrecortado de nuestros alientos, sudor con sabor a salitre resbalando sobre la piel y las sábanas arrugadas desbordando la cama y derramándose por el suelo.
Charcos, mares, ríos, sudor; protagonista que se derrite continuamente; y sabanas que desbordan la cama y se derraman. Y todo esto solo en treinta páginas. ¿Ha quedado claro que el tal Ramiro excita y mucho a nuestra protagonista? Pues lo genial es que las lectoras (y esto sí que funciona solo con las féminas), sin ser conscientes, también están enganchadas (como si de una droga se tratara) después de leer todo esto.
Para apoyar mi argumento les copio un trozo de la página 329:
Pálida, ojerosa, con el pelo sucio, derrumbada como un peso muerto en una cama mal hecha cuya ropa se arrastraba por el suelo.
Se refiere a Rosalinda; ya no es Sira, nuestra protagonista. Con Rosalinda no hay que identificarse. Las sábanas de Rosalinda no desbordan la cama ni se derraman por el suelo. Las sábanas de Rosalinda se arrastran. Pobre Rosalinda.
El análisis no ha terminado. Continuará, aunque no sé cuándo.