El suplemento Cultura/s de La Vanguardia, la única publicación cultural editada por un periódico español que merece nuestro respeto, tiene el detalle de invitar a Manuel Fernández-Cuesta (editor de Península) a escribir en sus páginas y va el “revolucionario tranquilo” y se descuelga con esto: “Tipología del lector caníbal”.
¿Se imaginan que en el siglo XXI en que vivimos el director general de una empresa fabricante de detergentes para la ropa manifestara públicamente que no conoce a su cliente; que no tiene ni idea de lo que el posible consumidor de su producto necesita; que es totalmente ajeno a los motivos por los que una persona compra un detergente u otro?
Pues eso ha hecho Manuel Fernández-Cuesta hoy en Cultura/s.
Lo ha hecho, como era de esperar, metiendo por medio muchas expresiones decorativas (“mutante”, “sociedad líquida”, “storytelling”…) que hacen que el artículo, en una primera y rápida lectura, parezca propio de un profundo conocedor del asunto del que habla: el lector actual. Pero no tiene ni puta idea. Pero esa carencia no es –no se crean- exclusiva de Manuel Fernández-Cuesta. La mayoría de los editores –acostumbrados durante las décadas anteriores a un lector desinformado- no se han preocupado ni lo más mínimo de eso que se llama investigación de mercados. De hecho ya solo la expresión les produce arrepío y repelús. La voy a repetir un par de veces por si hay algún editor al otro lado de la pantalla, a ver si se marcha: investigación de mercados, investigación de mercados. Ya está. Ya se ha ido, asqueado, el editor.
El artículo de Manuel Fernández-Cuesta dice simplemente que el lector actual es imprevisible y que no se deja guiar por prescriptor alguno. Esa es la tesis de nuestro marxista de salón y sus argumentos no hacen más que repetirla, no aportan ni demuestran nada. Dicha tesis, además, no es cierta. Lo que ocurre es que de alguna manera tienen que enmascarar los editores su incompetencia. El artículo, con palabritas chulas y modernas, repite una y otra vez lo mismo. Por eso nunca se lo recomendaría a alguien que quiera saber cómo es el lector del siglo XXI. Pero si tiene valor si queremos conocer qué hay dentro de la mente de un editor. A Fernández-Cuesta le patinan las neuronas en cada frase, o casi, y deja entrever muchos de los prejuicios que transitan por su subconsciente.
La psicoterapeuta Margaret, que fue recepcionista de uno de los gabinetes más prestigiosos de Buenos Aires durante los años 80´s, a su servicio.

Manuel Fernández-Cuesta
Nota: A continuación reproducimos los momentos estelares del artículo de hoy de Manuel Fernández-Cuesta (Manolo a partir de aquí) en Cultura/s. Entre paréntesis y en negrita los comentarios de la psicoterapeuta Margaret.
Dinámico y subjetivo, ajeno a la altivez de los prescriptores tradicionales (“altivez”. La autocrítica nada más empezar le garantiza la atención del lector de su artículo y, como segundo objetivo, le hace parecer inteligente. Eso piensa Manolo.) , el lector moderno se ha convertido en caníbal (Sí que es verdad: el otro día viendo cómo Daphne besaba a su novio cubano…). Caminando con firmeza, libre de la metáfora y el mito, voraz, exigente y caprichoso, surfea sobre la red, huye de las esencias, utiliza a su antojo las herramientas de información y, sin que nos hayamos dado cuenta, ha hecho astillas las puertas, maderas nobles, que custodiaban los templos de la llamada cultura libresca. El caníbal, consciente de su poder económico, consumidor disperso, ora frívolo, ora reflexivo, (Lo de la zorra y las uvas…) ha establecido una relación privilegiada, directa, (el ataque de cuernos de Manolo es monumental) con los libros: un diálogo abierto, sin mediaciones ni cortapisas, que está poniendo a prueba la capacidad del negocio editorial para adaptarse a una realidad, sin estrellas fijas, dominada por la incertidumbre y la cuenta de resultados. El lector caníbal, con arrebatadora y recién estrenada subjetividad, ha irrumpido en un ecosistema extraño, devorado las (instaladas) especies autóctonas y cambiado la relación de fuerzas. La autonomía de la voluntad, igual que en el derecho privado, es su razón de ser. Es un consumidor independiente, acostumbrado al ruido imperante, que decide, en principio, según su criterio. (Les ruego –juro que no volveré a pedir esto- que lean las últimas 7 líneas. Si se fijan comprobarán que el autor ha empleado más de 90 palabras para decir que el lector actual lee lo que le da la gana, que ya no se fía de prescriptores. Pues así todo el artículo.)
(….)
Este lector, lectora, un mutante en tiempos mutantes, (“tiempos mutantes”, ¡guau! Eso, después de “caníbal”, queda de lo más chulo, Manolo. Lo que te pedía el subconsciente era poner “zombi”. Pero en ese caso habrías quedado muy por encima del lector, el objeto del “análisis”, y se te hubiera visto el plumero elitista, Manolo.) desconfía tanto de la concentración empresarial y política como del mercado (Ay, marxista de salón…): los best sellers son agradables vacaciones; un complejo hotelero, sin sorpresas, en el Caribe. (Novedosa, Manolo, muy novedosa tu caracterización de los best sellers).
(….) (Les ahorro el tercer párrafo, es una pura reiteración que se regodea en la repetición -estilo Manolo, que todo se pega-.).
Convertida la lectura en un segmento más del entretenimiento (qué tiempos aquellos -¿verdad Manolo?- en que los editores erais respetados como los gurús de la tribu, como los conocedores de la magia blanca.) y la subjetividad, ausente el impulso formativo que presidió el siglo XX, el caníbal, lector sin ataduras (y dale Perico al torno…), ha decidido sumergirse, igual que el conjunto del cuerpo social, en una aventura placentera. Leer es, hoy en día, transitar una senda adaptada al incipiente hedonismo social –detenido, en parte, por la violencia del crisis- (Ya había salido internet como excusa, no podía faltar la crisis) cuya axiología vital está compuesta por valores inestables, huidizos, que ya no giran pautados, matemáticos, alrededor de un sol. (¡Anda coño, Manolo! Que ahora te enteras de que hay gente que compra libros para pasar un buen rato. Si es que tenéis que salir más a la calle, tanto leer no es bueno, Manolo.)
(Termina Manolo diciendo):
El modelo de negocio –papel, prescripción y cultura- ha entrado en vía muerta (Falso, Manolo, y lo sabes. Lo que ocurre es que lo que te toca hacer como editor en este nuevo escenario no te gusta.) . Es posible que le queden algunos años de recorrido impulsado, quizá, por la inercia del caduco prestigio. (¿”prestigio”?) Pero ante el desafío del caníbal, urgen soluciones imaginativas antes de que el vendaval nos sitúe, si acaso no estamos ya, (YA ESTÁIS, TRANQUI) en un museo arqueológico.
Eso de que el lector hoy va por libre, lo repite diez veces Fernández-Cuesta. Pero las causas por las que el lector ya no presta atención a los prescriptores (sean editores, críticos o periodistas culturales) no las analiza. Para realizar ese análisis debería ser autocrítico de verdad. Y claro eso… Esa indagación -más si se hace desde dentro de la industria- sí que podría dar pie a diseñar una solución. Lo demás son mariconadas.
Mientras los de dentro continuan sin querer ver y echando balones fuera, les recomiendo que miren -si les interesa encontrar una solución- a los mercados anglosajones.
Señor Vila-Sanjuan (coordinador de Cultura/s): La próxima vez meten ustedes, en dos frases, lo que Fernández-Cuesta quiera decir y así dejan espacio para una o dos reseñas del señor Saladrigas. Que me consta que tiene alguna esperando a ser publicada. ¿OK?
O mejor, Manolo, nos lo twiteas.
MÁS
Para que vean lo que publica Manuel Fernández-Cuesta, (aquí) pueden leer la opinión de Juan Angel Juristo (en su artículo de ayer en ABC titulado “Todos somos Madame Bovary”) sobre uno de los libros de Península: de Las buenas chicas no leen novelas Francesca Serra













