El fotógrafo Alberto García Alix, en una entrevista que le hace Álvaro Corazón Rural y publica JOT DOWN, dice lo siguiente del torero José Tomás:
Fui a verlo a Nimes. La verdad, me gustan los toros y quería verlo como fuera. Me invitaron unos amigos y fue un gran día en mi vida. Me quedé pilladísimo. Cuando acabó era como… ¿Qué ha pasado? Ahí estaba un hombre que había amplificado los límites de la gloria. Lo quieras o no se te pone la piel de gallina. Fue como cuando encienden la luz en un teatro o un cine y acabas de ver una gran obra, que no te puedes ni levantar del asiento. José Tomás en dos horas nos hizo mejores personas. ¿Dónde puedes encontrar una épica como la de ese hombre, el respeto, la mística, el sacerdocio, la altivez, la tensión, el arte…?
Las negritas son mías.
«Nos hizo mejores personas». No he encontrado nunca mejor criterio para discernir qué es arte y qué no. Olvídense de las enrevesadas definiciones de todas esas marisabidillas que son los teóricos del arte. Porque el arte, si es arte, te tiene que cambiar, te tiene que conmocionar hasta el punto de llevarte a reconsiderar las cuestiones más importantes, las que afectan directamente a tu vida y a la de los otros, y, como conclusión, a ser una persona mejor en el sentido más amplio de la palabra.
Alberto García-Alix se refiere a lo que ocurrió el 16 de septiembre de 2012 en la plaza de toros de Nimes (Francia). Aquel día, el torero José Tomás se encerró con 6 toros a los que terminó cortando 11 orejas. Uno de los toros fue indultado y el matador terminó saliendo a hombros.
José Tomás
Lo que hace José Tomás, el toreo de José Tomás, es arte en estado puro. Y otro artista, Alberto García-Alix, lo reconoce, lo destaca y lo certifica.
Yo no pude acudir en aquella ocasión a Nimes, pero sí tuve la suerte de verlo en Madrid, en la plaza de Las Ventas, aquel 5 de junio de 2008 en que cortó las 4 orejas del par de toros que le tocaron en suerte. Aunque yo no tengo la sensibilidad de un artista, entiendo lo que expresa García-Alix porque lo he visto y lo he sentido. Yo también salí de la plaza con la conciencia de que era una persona más completa, de que ese tímido hombre del pueblo de Galapagar había, con su toreo, llenado algunos vacíos que había en mi alma. Aquella tarde presencié una impresionante manifestación de ARTE. Sensaciones parecidas tuve, para que me entiendan, en la reciente exposición sobre el Greco y en la de Velázquez de 2013 en el museo del Pardo.
Y ahora me pregunto yo: ¿Cuándo fue la última vez que sentí esa emoción -la sensación de estar disfrutando de ARTE auténtico- con un libro de narrativa? Si el criterio de que el arte es algo que te hace mejor persona es válido para el toreo y la pintura, en el caso de la literatura -una disciplina que permite al autor expresar de forma directa y clara emociones, ideas, conflictos y obsesiones-, estaremos de acuerdo, es aun más útil. ¿De qué libro se puede decir que contiene alta literatura si al terminarlo no ha dejado huella alguna en la personalidad del lector?
Recuerdo cómo me impactó la primera lectura de Ana Karenina (de Tolstoi) y cómo me marcó a fuego la literatura de Dostoievski (más Los hermanos Karamazov que Crimen y Castigo), la de Flaubert, la de Camilo José Cela (las primeras novelas) y la de Thomas Mann. Después de leer las obras principales de aquellos autores -que disfruté a lo largo de cuatro determinantes años- la que soy no volvió a ser la que era. También recuerdo el gozo casi sensorial experimentado en los años 80 con las novelas de Vargas Llosa y García Márquez. Pero de todo aquello hace ya muchos años. Si me fijo en la literatura más actual, debo reconocer que he encontrado arte -aunque no en la proporción y la calidad de los autores antes citados- en Philip Roth, Jonathan Franzen, William Styron, Amos Oz, John Banville, Paul Auster y en Julian Barnes. También debo citar a Nabokov, al que leí con retraso. Leyendo los libros de estos autores no solo me he emocionado sino que luego, en frio, con mi diario como sumidero de mis elucubraciones, y gracias a los nuevos puntos de vista que habían excitado mi intelecto generando nuevas dudas, he reflexionado sobre asuntos como el amor, la muerte, la traición, la depresión, la fe religiosa… Y de esas reflexiones he sacado ideas y conclusiones que me han ayudado a orientar mi vida y a crecer como persona.

Alberto García-Alix
Pero, ya que estamos, me sigo interrogando: ¿he leído algún libro editado en castellano a lo largo de los últimos veinte años que me haya hecho cambiar o evolucionar como persona? ¿Hay algún escritor español o latinoamericano que haya escrito algo en estas dos últimas décadas que pueda ser considerado como arte?
La respuesta es no. En estos últimos veinte años – vividos en gran parte como jubilada- he leído muchísimo. Un 70% de los libros leídos han sido novedades; y de ellas la mitad fueron novelas escritas en castellano. Pues la triste noticia es que nada proveniente de autores españoles o latinoamericanos recientes me ha penetrado lo suficiente como para dejar algo -una simiente que germinara- dentro de mi cerebro.
En el año 1989, Camilo José Cela obtuvo en premio Nobel de literatura. El año siguiente lo ganó el mexicano Octavio Paz. Desde entonces solo ha sido premiado -en 2010- un autor que escribe en castellano, Mario Vargas Llosa, y todos sabemos que ese premio se entregó tarde, muy tarde. Con aquel galardón se premiaron los libros de los años 70 y 80 del escritor peruano/español, no a los más recientes, de calidad claramente inferior. Es decir: la academia sueca no ha encontrado nada destacable entre todo lo escrito -y ha sido mucho- en castellano desde hace 24 años.
¿Me puede citar usted -sí, usted, el que está al otro lado de la pantalla- un libro, uno solo, de un autor español, que haya sido publicado después de 1990, que le haya hecho crecer en algún sentido como persona, que tenga algo, aunque sea solo un poquito, de arte en sus páginas?
¿Entienden ahora por qué estamos siempre de mala leche?













