Leo el artículo de hoy de Ignacio Echevarría en EL CULTURAL (aquí) y me cabreo. Según Echevarría el escritor Reinhard Baumgart, en 1968 y basándose en los textos de Walter Benjamin, ya anticipó el desprestigio (que venía) de la crítica literaria. Según estos tres hombres tan inteligentes (Echevarría también lo es), a finales del siglo XIX, gracias a la expansión de la prensa escrita, muchos lectores, que hasta entonces solo leían, pasaron a ser también autores, con lo que se “trastocó” la jerarquía entre autor y público. Conclusión: si el lector también escribe, si puede dar su opinión, entonces –apaga y vámonos- el crítico deja de ser miembro de un club exclusivo de iniciados y pierde (o perderá) su prestigio.
Termina don Ignacio su artículo (titulado “El crítico como disc-jockey (I)”) retándonos a “proyectar” el diagnóstico de los dos intelectuales alemanes sobre la “nueva era de internet” para, de ese modo, conocer de antemano de que va a ir su próximo artículo. Pues yo, que me meto en todos los charcos y me encanta entrar al trapo, acepto el reto. Lo hago, sobre todo, porque no me supone ningún esfuerzo; a este se le ve venir. Lo que va a soltar Echevarría la próxima semana es que hoy, que hasta el más tonto tiene un blog, que todos escribimos e-mails, que cada hijo de vecino tiene cuenta en twitter y facebook , se ha popularizado lo de dar la opinión sobre el arte y que por culpa de esa democratización (Aquí Echevarría, ya lo verán, utilizará “vulgarización” o “generalización”. Es que Echevarría pertenece al grupo de los iniciados, de los integrantes de la “alta cultura”, y yo no) se ha perdido el respeto a los conocedores del secreto, a los sumos sacerdotes, a los críticos literarios. Por ahí irán los “derroteros” de su próximo artículo.
Lo que me cabrea es que la culpa siempre es de Internet.
Cuando hace unos años la industria del disco musical entró en crisis, la culpa era de las descargas ilegales en intenet. Nadie de dentro de la industria se atrevió a reconocer los abusos en precios y distribución.
Cuando la industria del cine estuvo a punto de irse a pique, ídem de ídem. Que si las descargas…
Ahora que la industria editorial se va a tomar por culo, ¿culpables? Internet, Amazon y el e-book. Pero de la ineficiencia de las editoriales y la falta de profesionalidad de los editores y de la cada vez más baja calidad de lo que se publica, no hablamos.
Echevarría, un llorón como el resto, también le va a echar la culpa del desprestigio de la crítica literaria a internet. Pero no va a reconocer -cómo, si es uno de ellos- que si los críticos han dejado de ser de fiar es porque han perdido la independencia. Y la han perdido porque 1.- en los suplementos solo se reseñan libros de grandes editoriales (las que pagan la publicidad) y 2.- los críticos no se atreven a decir la verdad sobre esos libros para que las editoriales sigan pagando la publicidad y así el medio de comunicación -que ya no vende en la calle ni un ejemplar- les pueda seguir pagando las cuatro pesetillas que les dan y, lo más importante, puedan ellos, los críticos, seguir poniendo su firma todas las semanas en ese medio.
Eso es lo que me cabrea. Menos llorar y más autocrítica, hombre.
Vean lo único que vale la pena hoy en EL CULTURAL: las reproducciones de los cuadros de Hockney

OTRA COSA DIFERENTE
Les recomiendo la lectura de este artículo, “La agonía de escribir”, de la escritora Anna Quindlen (ganadora del Pulitzer de periodismo en 1992) sobre lo que cuesta escribir (aquí)
Solo traduzco lo más destacable:
Odio escribir. Me tengo que forzar todos los días a sentarme y empezar.
(…)
«La inspiración viene durante el trabajo, no antes», escribió Madeleine L’Engle. Y para que eso suceda hay que sentarse en una silla. Yo no creo en el bloqueo del escritor. No es que a veces no se pueda escribir, lo que de verdad ocurre es que no se puede escribir bien. La experiencia me ha enseñado que escribir mal, a veces, conduce a algo bueno. No escribir nada de nada conduce sólo a las reposiciones de «Law & Order” (serie de TV)
(…)
Creo que todas esas comidas hicieron que disminuyera la producción de Truman Capote.
O tal vez que hablaba mucho acerca de su trabajo. Si se habla mucho, luego no se escribe. (…)Si escribes otras cosas, tampoco vas a conseguir escribir bien cuando te pongas. Una de mis profesoras, B.J. Chute, nos decía que no debíamos coger puestos de trabajo que requiriesen escritura del tipo que fuera, porque no había ninguna posibilidad de que después, al llegar a casa de noche pudiéramos retomar nuestro propio material. Pero ella es anterior a Internet, que es bastante más peligroso para un autor.
Estoy convencida de que sólo hay una cantidad determinada de palabras por día en el cuerpo humano: Si escribes algunos e-mails largos y unos cuantos tweets, las has agotado.
Este artículo de Anne Quindlen fue publicado en el Wall Street Journal el 20 de abril de 2012.












