En cuatro ocasiones he intentado iniciar la lectura de Por el gusto de leer (Tusquets, 2014), el libro que recoge las charlas de Juan Cruz con doña Beatriz de Moura (ex – directora editorial y fundadora de Tusquets), y no lo he conseguido. Tiene tantas fotos este volumen, que siempre que lo abro me entretengo en alguna de ellas, me pongo a recordar y se me va el santo al cielo. El otro día me lo pasé pipa con una de esas instantáneas: aparecían en ella Ignacio Echevarría, Antonio López Lamadrid y su sobrino Claudio, Beatriz de Moura y Miriam Tey; “el equipo” de hace muchos años de Tusquets Editores. Posaban alegres y juveniles en el jardín del palacete, sito en la calle Cesare Cantù, donde tenía (antes de que la succionara Planeta) su sede la editorial. Por el poco pelo que en la imagen decora la cabeza de Echevarría y el mucho que puebla la de Claudio, el sobrino de don Antonio, la foto debe tener al menos 25 años. Me regodee en la evocación de aquellos buenos tiempos y volví a confirmar, entre otras cosas que por decencia y pudor me callo, que el mundo editorial en España, como ocurre con la política y la empresa, está dominado desde hace más de 40 años por una casta; que hay apellidos y amigos de amigos que siempre estarán ahí y que si tienes padrinos, si fuiste amable (o pelota) con quien debías y ese o esa se acuerda de ti y te aúpa, podrás, al menos, comer las migajas que caigan del banquete de los señores de la casta. Pero si eres malo, si no haces los deberes, si procuras ir contra corriente, que te jodan. Menos mal que a mis años ya no tengo ambición alguna por publicar, que si no…
Ignacio Echevarría es un hombre educado y culto. Cuando abre la boca o cuando camina por la calle desprende ese mismo brillo que solo se adquiere en las carísimas universidades privadas de la costa este norteamericana, en el Institut d’études politiques de Paris o, como es su caso, tomando apuntes y aprendiéndolo todo, hasta la forma de coger el tenedor, de los grandes señores de la edición internacional. Tuvo la suerte Ignacio de que hace diez años unos advenedizos (Los del grupo PRISA) se encabronaran con él y eso le hizo ganar un prestigio de crítico indomable que le ha venido muy bien. Hay que añadir que al ser la excepción (en medio de una siempre obediente clase de críticos literarios) su fama creció aún más. En el mundo anglosajón un crítico que pone a parir un libro es lo más habitual y nadie se extraña por ello. Ignacio sabía que aquellos chicos (Cebrian, Cruz, Basset…) no eran auténticos editores. Habían adquirido poder gracias al PSOE y por eso estaban muy crecidos. Pero Ignacio tenía claro que no eran de la casta, que acabarían siendo nadie en el mundo del libro, como ha terminado pasando. ¿Se hubiera atrevido con Herralde, Beatriz de Moura o Lara? ¿Lo haría ahora con un libro editado por su amigo Claudio López de Lamadrid, el marqués, el sobrino de don Antonio?
Tocarle las pelotas a los intrusos de PRISA, como sacar a la luz las trampas de Mario Conde (otro advenedizo, pero en el mundo de la banca), era gratis. Pero Planeta, Penguin Random House, Anagrama (Feltrinelli)… Eso son palabras mayores, ¿verdad, Ignacio?
Viene todo esto a cuento de “Muros de cristal”, el último artículo de Ignacio Echevarría en EL CULTURAL. Comienza el valiente Ignacio citando un párrafo de uno de los últimos artículos en La Vanguardia de Gregorio Morán, el de 18 de octubre de 2014 sobre la censura que Planeta impuso sobre su libro “El cura y los mandarines” (que acaba de ser publicado por AKAL):
“La censura del business, del negocio, es tan implacable como la política. Por eso no deja de hacer mucha gracia, es un decir, que los nuevos editores o las editoriales bisoñas, pero con lógica ambición de poder, te planteen el enorme interés que tienen en publicarte. ¡Pero no sin antes leer el manuscrito! No quieren entender que si entregas un manuscrito sin contrato estás vendido. Lo aseguro yo, un veterano con muchos años de oficio. Yo no compro a ciegas, dicen ellos; pero los autores no tenemos por qué entregar el producto de nuestro trabajo para que ellos evalúen lo que les interesa. Son como jugadores con ventaja que te hacen el favor de leerte, como quien te mira la dentadura y calibra lo que puedes empujar en la piedra de su modesto molino. ¡Pero de dónde ha salido esta generación de logreros!”
Y a continuación Echevarría, como pueden leer en la copia escaneada que les adjunto, defendiendo descaradamente a Planeta, argumenta que, una vez que la editorial ha pagado el anticipo, tiene todo el derecho de no editar el libro. ¡Ole, con dos cojones!:
“El libro de Morán fue objeto en su momento de un contrato, y todo invita a suponer que el autor ha cobrado por escribirlo. Hasta aquí llega su derecho a reclamar, toda vez que el contrato en cuestión no conlleve la obligatoriedad de la publicación, condición improbable cuando el editor no tiene conocimiento previo del texto. El bien ganado crédito del que goza Morán como ensayista le sirve para conseguir que un editor interesado en publicarlo le emita –como Planeta- un contrato por un texto aún por escribir, que le asegura acometer un proyecto de libro con la seguridad de que se le satisfará en alguna medida el esfuerzo empleado. Pero no le garantiza ver el libro publicado, entre otras razones porque nadie garantiza al editor que las expectativas puestas en ese libro no lo defraudan o que su contenido no entra en conflicto con sus intereses.”

Ya ha explicado en numerosas ocasiones Gregorio Morán que mandó una carta a Jose Manuel Lara, presidente del Grupo Planeta, explicando que los editores de su libro lo tenían retenido porque se negaba a suprimir las 11 páginas que bajo el título de “¡Todos a la Academia!” dedicaba a la Real Academia de la Lengua. También ha contado Morán que Lara le respondió reconociendo que la publicación estaba atascada por esas “malditas 11 páginas”. Como dice Echevarría al final del párrafo que citamos, el libro entraba en conflicto con los intereses comerciales de Planeta, en concreto con el negocio de las 400.000 copias de la primera edición del nuevo diccionario de la RAE (que se vende a 94,05€) que Planeta edita en exclusiva.
Pregunta la Patrulla: ¿No conocían los de Planeta a Gregorio Morán cuando hace diez años le encargaron el libro y le pagaron el adelanto? ¿Pensaban en Planeta que el indómito Morán –este sí-, puesto a retratar a la casta cultural de 1962 a 1996, iba a escribir los cuentos de Calleja? ¿Tan ingenuos son en Planeta?
Dice Echevarría que según la letra del contrato Morán no tiene derecho a reclamar la publicación de su libro. ¡Coño, pues claro que no! No hace falta ser abogado en ejercicio para entender eso. Para escribir un artículo que solo dice eso, como es este de Echevarría, mejor estarse quieto, Nachito, y no gastar papel. Bueno…, claro…, que a lo mejor tenías otra intención, ¿verdad? ¿Llevar la contraria y de paso defender tu pan de cada día? ¿Echar un capote a Planeta en la misma semana en que los medios de comunicación se llenan de entrevistas con Moran y artículos sobre la presentación de su libro con otra editorial? ¿Es eso, Ignacio? ¿Are you there, Ignacio?
¿Y el autor? ¿No tiene un derecho moral a que la editorial –que como editorial se dedica fundamentalmente a editar y publicar- saque a la luz su libro? ¿Respeta la ética que debe presidir todo contrato echar por la borda el trabajo de diez años de un escritor por defender intereses espurios? Puedo entender –digo yo, la sargento- que la editorial no publique (comiéndose el anticipo) el libro de un principiante que, en contra de las expectativas y leído el manuscrito, acabe siendo un matao, pero no lo puedo aceptar en el caso de un profesional con mucha experiencia y reconocido prestigio, como es el caso que nos ocupa. ¿No hay nada que reclamar a Planeta? Si en la editorial priman otros intereses diferentes a los culturales, ¿qué hace jugándosela con alguien como Morán? ¿No sería mejor seguir con Maxim Huerta y cía?, digo.
¿Y el lector? ¿No tenemos derecho a que cuando compramos un libro lo podamos leer sin tener que calcular cuantas páginas han desaparecido por entrar en conflicto con intereses comerciales o políticos o…? ¿Y el derecho a la libertad de expresión? ¿Sabes lo que es eso, Ignacio?
Lo que hace Echevarría en este artículo es defender la censura. Así de claro. Planeta, como nos dice Echevarría, está en su derecho de no publicar, está claro. Y los lectores, que cada día somos menos tontos y estamos más informados, estamos en nuestro derecho de no volver a comprar un ensayo publicado por Planeta, no vaya a ser que le falte un trozo, esas “malditas 11 páginas” que un autor menos honesto que Morán, o más necesitado de dinero, accedió a eliminar para no fastidiar la fiesta que su editorial hace cuando publica su cuenta de resultados ( la Profit & Loss statement, que se dice en el mundo del business) anual.
MÁS COSAS QUE NO TIENEN NADA QUE VER
Pinchen (aquí) para ver la selección de los 100 libros más importante del año 2014 que The New York Times acaba de publicar. Ensayo, ficción, comic, poesía, biografía…






















