Les propongo un juego, vamos a meternos en la máquina del tiempo y vamos a viajar al futuro. No nos trasladaremos muy lejos, iremos aquí cerca, a septiembre de 2016; a la sargento, la pobre, a sus años, le producen vértigo viajes más largos. Preparados, listos, ¡YA! Estamos en Madrid, después del verano. Nueve meses antes, en enero de 2016, Pablo Iglesias y sus chicos de Podemos han ganado las elecciones y, con el apoyo de 23 de los 60 diputados obtenidos por el PSOE y los 7 de ERC, han formado una coalición de progreso que tiene mayoría suficiente para gobernar. Sólo son 23 los parlamentarios socialistas que apoyan a Iglesias porque el PSOE, después del fracaso electoral, se ha escindido en dos nuevos partidos; los legitimistas, bautizados como «PSOE s.a.» (con «s» de socialistas y «a» de auténticos), se niegan a seguir a Podemos. Pedro Sánchez es hoy ministro de Cultura.
El bipartidismo ha sucumbido y la casta ha sido desalojada de sus canonjías y prebendas perdiendo sus privilegios. España ha entrado en una nueva era, el Tratado de Maastricht ha sido denunciado y ya se acuñan nuevas pesetas en la Casa de Moneda y Timbre. Por las calles de las grandes ciudades se respiran aires de libertad y de justicia; el pesimismo y la apatía han dado paso a la ilusión, la esperanza y la Felicidad (con F mayúscula). Los ciudadanos, como en las comedias musicales, se comunican con canciones; los más cultos hablan entre sí en verso.
En un ambiente tan excitante e inspirador, un joven escritor -digamos, por poner un ejemplo, que Alberto Olmos- publica su nueva novela. Su título es Nuevo Amanecer. Otro escritor también joven, aunque no tanto, – digamos, por poner un ejemplo, que Agustín Fernández Mallo- escribe una reseña de ese libro y dice:
Nuevo Amanecer trae un aire nuevo a la manera de escribir y de leer novelas en España. (…) Una obra original es a la vez síntoma y causa: revela estados de sensibilidad que ya estaban actuando pero aún no se advertían, y al mismo tiempo, por el hecho de existir, acelera esos cambios, al irradiar influencias fecundas, al despertar vocaciones estimuladas por lo nuevo, otras obras de originalidad semejante.
Con Nuevo Amanecer irrumpe definitivamente en la literatura española no solo un nuevo escritor, sino también un linaje nuevo de lectores, sorprendente por su número, y también por su disposición, y hasta su avidez, por elegir novelas nuevas, que no vienen firmadas por los nombres habituales, novelas de casi desconocidos escritas con una intensa voluntad literaria.
La Casta ha muerto y los límites penitenciarios de la vida española se han derrumbado, desbordados por el estallido de una vitalidad que llevaba en ebullición mucho tiempo, y que había empezado a manifestarse con irreverencia magnífica mucho antes de que comenzaran los cambios políticos.
Ustedes, que gracias a que leen con frecuencia Patrulla de Salvación son muy listos y ya están avisados, si leyeran esto, se darían cuenta en seguida de que el crítico está intentando metérnosla doblada, se está aprovechando del cambio político y los nuevos aires de libertad y justicia para imponer una nueva generación literaria a la que, bajo la jefatura de Olmos, se subirían («novelas nuevas, que no vienen firmadas por los nombres habituales» recuerden) todos los jóvenes escritores muertos de hambre que ya no saben qué hacer para colocar sus novelas. Repitan conmigo las expresiones que yo he destacado en negrita: «Aire nuevo»; «estados de sensibilidad que ya estaban actuando pero aún no se advertían»; «cambios»; » vocaciones estimuladas por lo nuevo»; «originalidad»; «linaje nuevo de lectores»; » novelas nuevas»; «el estallido de una vitalidad»; «ebullición»; » irreverencia magnífica»; «cambios políticos».
¿Lo ven claro, verdad? : «nuevo», «cambio político»….. y por el culo te la hinco.

Pero no toda España se enriquece intelectualmente visitando nuestro blog. En nuestro país aún hay mucho borrego. Muchos de esos ciudadanos, bobamente ilusionados por los nuevos y refrescantes aires políticos, se lo creerían, caerían en la trampa y comprarían la novela de Olmos, Nuevo Amanecer, y luego las de todos sus coetáneos compinches. La nueva generación literaria, por desgracia, acabaría tomando cuerpo.
El juego ha terminado. Salgan ahora mismo de la máquina del tiempo, ¡es una orden! Volvemos a estar en enero de 2015, concretamente en el día 17. La falsa reseña de Fernández Mallo sobre la imposible novela de Olmos -¡presten atención, coño, y vuelvan al presente!- ha sido copiada literalmente del artículo que hoy firma Antonio Muñoz Molina en Babelia y que se titula Aquel comienzo. Sólo hemos cambiado el título de la novela, el tiempo de algún verbo y «Franco» por «La Casta». Muñoz Molina, con su diestro manejo de la pluma, rinde homenaje a La verdad sobre el caso Savolta, la novela de Eduardo Mendoza, de cuya publicación se cumplen 40 años y que ahora se empeñan en convertir en mito fundacional de la generación literaria de la Transición. Muñoz Molina, si se fijan, más que elogiar la novela de Mendoza, intenta afianzar los méritos de la generación de autores que, como él, publicaron sus primeras novelas en los 70 y los 80.

Recuerdo muy bien aquella época y en la literatura española de 1975 a 1985 no hubo nada parecido a «nuevos lectores», a » estados de sensibilidad que ya estaban actuando» y mucho menos a «irreverencias magníficas» y en «ebullición». Lo que ocurrió fue que se murió Franco y a los españoles -influidos por hábiles medios de comunicación como EL PAÍS- todo lo nuevo nos parecía bueno. Y de esa inocente sensibilidad manipulada se aprovecharon muchos listillos que nos dieron gato por liebre. Pero cuando se enfriaron los ánimos y se nos terminó la borrachera de libertad (libertad que luego no era tal), caímos en la cuenta de que de todos aquellos autores y libros sólo un 1% valía la pena. Eso fue lo que sucedió. Así que menos lobos, Caperucita.
Últimamente -de 2008 hasta hoy- son numerosas y reiteradas las críticas que la literatura facturada por esos autores de los 70 y los 80 está recibiendo. Por ese motivo se ha organizado una campaña de defensa de aquellas novelas, de aquella literatura. La campaña de contraataque -cómo no- tiene lugar en las páginas de EL PAÍS.
Primero, y que yo recuerde, fue el artículo de Winston Manrique Sabogal en El PAÍS de 14/11/14 que se tituló La exitosa cosecha literaria de los ochenta inunda las librerías. En este blog lo comentamos (aquí). Luego vino la celebración de una fiesta de cumpleaños en Babelia. Con portada incluida y despliegue de lujo, Juan Cruz (quién si no) entrevistó a Eduardo Mendoza la samana pasada con motivo del cuarenta aniversario de la publicación de su novela, La verdad sobre el caso Savolta. EL PAÍS que no se acuerda del 25 aniversario del fallecimiento de Carlos Barral, sin embargo conmemora por todo lo alto los 40 años de una novela mediocre. ¿No les parece significativo? La tercera y la cuarta acciones bélicas de contraataque se han producido hoy mismo. Me refiero al artículo que acabamos de comentar de Muñoz Molina y a este de Jordi Gracia que también se publica hoy en la páginas de Cultura de EL PAÍS.

El artículo de Jordi Gracia se titula Contrafábula sobre la novela de la transición y pretende, como dice el subtítulo, defender» la relevancia, últimamente puesta en duda, de la literatura en la transición». Gracia ya dio inútilmente la cara por los escritores de la transición en este artículo, «Guerra de mitos», de 17 de abril de 2013. Entonces cuestionaba lo argumentado por el propio Antonio Muñoz Molina en su ensayo Todo lo que era sólido, que ponía negro sobre blanco la falta de compromiso (por omisión) con la verdad de los intelectuales españoles durante los años en que se construyó el gran edificio de corrupción que nos llevó como país a la crisis económica y de valores de la que aún no hemos salido. En aquel libro, Muñoz Molina sí que estuvo bien. La Patrulla de Salvación -como era de justicia- abofeteó a Gracia por aquello con este «post». Hoy, Gracia, en su nuevo artículo, no dice nada nuevo. Se contenta con citar nombres de autores de entonces, Mendoza, Umbral, Vázquez Montalban, Benet, Goytisolo… y esgrime como único argumento que como se ha puesto de moda atacar a la Transición como proceso político y se la acusa de fraudulenta, pues de paso también se critica gratuitamente la literatura producida en aquel periodo temporal. Pero nada más. Sí acusa, eso sí, a Gregorio Morán de ser » el último heraldo de la trola». Pero no entra a decir por qué, como tampoco se molesta en demostrar por qué las novelas publicadas en la primera década de la democracia merecen ser salvadas del fuego. Gregorio Morán, queremos recordarle a Jordi Gracia y a los lectores de este blog, dedica 315 páginas (de la 477 a la 792) de su último libro El cura y los Mandarines a analizar la cultura española -especialmente la Literatura- de los años que van de 1974 a 1996. Morán se pasa con los calificativos, es verdad, pero aporta pruebas de las acusaciones que realiza. Moran, en su juicio a la literatura de la Transición, es un fiscal diligente y trabajador. Jordi Gracia es, sin embargo, un abogado perezoso y arrogante. Gracia viene a decir que Benet es cojonudo porque es Benet. Y punto.
La verdad es que los escritores de aquella época se aprovecharon del cambio de la dictadura a la democracia y del nuevo clima social que aquello trajo consigo. El problema actual de las editoriales es que, dada la inutilidad de los nuevos autores (los jóvenes) a la hora de facturar algo que venda más de 1.000 ejemplares, no les queda otra que seguir exprimiendo el limón de los autores de la Transición. Por eso siguen intentando engañarnos. Jordi Gracia, Juan Cruz y, esta vez, Antonio Muñoz Molina no son más que esbirros que son usados por sus amos, las editoriales, como carne de cañón. Pero nuestro deber es denunciarlo. Caiga quien caiga.

Sobre Muñoz Molina, en breve, podrán leer en este blog un «post» sobre su última novela, Como la sombra que se va. Hemos defendido siempre a Muñoz Molina, pero esta vez -y juro que hemos intentado ser benévolas con su último trabajo- no tiene ni perdón de Dios. «No hard feelings», Antonio.
ACTULIZACIÓN A 2 DE FEBRERO DE 2015
Ignacio Echevarría, a rebufo de la Patrulla de Salvación, escribe sobre el asunto en EL CULTURAL del 30 de enero de 2015 (aquí).