Adoro a los anónimos. Esta mañana he recibido el último mensaje de uno de ellos. Se refería al artículo Chacón & compañía (aquí) que ayer (aquí) utilizamos para criticar el reciente artículo de don Juan Luis Cebrián, alias: el salvador del periodismo. (aquí)
Les resumo el mensaje de mi querido anónimo y aprovecho que me estará leyendo para pedirle concisión en su próxima misiva. Dos son las cosas que me quiere hacer ver mi amigo:
1.- Nada de lo escrito en el artículo titulado Chacón & compañía es mentira.
2.- Gracias a dicho artículo se ha acabado de una vez por todas con el “zapaterismo”, una corriente interna dentro del PSOE que ha hecho mucho daño al partido y a España.
Recordemos que este artículo se publicó en EL PAÍS el domingo anterior al último congreso del PSOE, en el que se eligió el secretario general del partido. Algunas encuestas publicadas en las semanas anteriores al congreso daban como ganadora a Carme Chacón, que se presentaba como continuista de la política de José Luis Rodríguez Zapatero, anterior presidente del gobierno español. Acabó ganando el señor Rubalcaba, como ustedes saben.
Termina mi amigo con: “Todos los españoles debemos dar las gracias a El País por el favor que nos hizo”.
Glups. No siento las piernas.
El segundo punto me ha llevado a acordarme de un país, Turquía, al que tengo un cariño especial y en el que la prensa y el poder siempre han tenido una relación muy especial.
En febrero de este año el asunto de la libertad de expresión en aquel país generó una agria polémica (aquí) entre el escritor Paul Auster y Recep Tayyip Erdoğan, primer ministro de Turquía desde 2003. Auster dijo en una entrevista (aquí) que no visitaría Turquía mientras hubiera más de 100 periodistas encarcelados. Erdogan respondió primero preguntándose a quién le importaba lo que Auster dijera y luego llamándolo ignorante (aquí).
Pero la ausencia de libertad de expresión en Turquía no es algo reciente. Ya en la época anterior a la segunda guerra mundial los medios de comunicación sufrían el control del gobierno. En aquella época se promulgaron diferentes leyes que claramente reducían el campo de acción de la prensa. La más importante fue la número 1.881 que llegaba a imponer penas de cárcel a los periodistas, además del cierre del rotativo y multas en metálico, si “las informaciones publicadas perjudicaban la confianza en el estado o en sus funcionarios”.
El resultado fue que los principales periodistas y los directores de los periódicos más importantes, con la excusa del patriotismo y la defensa de la recién nacida república turca, pasaron a ser estrechos colaboradores del gobierno. De hecho muchos de ellos eran, al tiempo que periodistas en activo, diputados en el parlamento representando al partido en el poder.
El gobierno turco consiguió que los directores de los principales periódicos llegaran a defender en público el hecho de que en Turquía la libertad de expresión era absolutamente respetada. El 9 de octubre de 1939, en un editorial del periódico Tan, situado a la izquierda del espectro político (¿a quién me recuerda?), y en respuesta a una insinuación de la prensa germana referente a la censura en los medios turcos, se dijo: “En Turquía la prensa es libre, no hay censura. Si los periódicos están unidos en la defensa de los intereses del país, se debe a que están actuando como intérpretes de la opinión pública de todos los turcos”.

¿Entienden ahora por qué esto de EL PAÍS me ha recordado lo que leí hace años sobre Turquía?
Cuando un periódico ha sido durante 36 años el más vendido y el que más influencia política y cultural ha tenido, corre el peligro de creerse el portavoz de todos los ciudadanos de una nación y de sentirse en la obligación de publicar algo, o peor, de no publicar algo, por el bien de todos esos ciudadanos.
Un ejemplo: ¿No creen ustedes que todo lo que está ocurriendo en la Casa Real española (Urdangarín, Botswana…) nos lo hubiéramos evitado si los editores de periódicos y revistas españoles no hubieran celebrado aquel pacto tácito de silencio sobre el rey, su familia y sus actividades?
Recientemente ese pacto se ha roto. Un poco tarde ¿no?
Por eso, cuando don Cebrián dice que los periódicos (y pone como ejemplo el suyo, EL PAÍS) son el mejor medio para, con rigor y transparencia, explicarnos la realidad y formar la opinión pública, me parto de la risa. Por no llorar, claro.
¡Daphne! ¡Mi botella de ginebra! ¡Es una orden!
Fuente: “Turkish Foreign Policy During the Second War” de Selim Deringil. (Cambridge University Press, 1989).









