El relato de Santiago Roncagliolo (Peru, 1975), en otra antología más apañada, mejor rodeado, no hubiera destacado. Pero en esta selección que Duomo editorial ha hecho de los mejores narradores jóvenes en español, el cuento que se incluye de Roncagliolo es el único que se puede leer sin avergonzarse. El resto son malos o muy malos. Vamos uno por uno y siguiendo el orden que ocupan en el libro. Lord Hamilton tenía razón.
1.- Lucía Puenzo (Argentina, 1976)
Lucía es una buena cineasta, pero como escritora deja mucho que desear. Se presenta en esto de los Granta con un relato sobre lo que fue uno de aquellos cursos que García Marquez impartía en la Escuela de cine San Antonio de Baños en Cuba. Puenzo podía haber hecho un buen artículo periodístico pero la fastidia intentando hacer algo parecido a lo que hizo Pedro Juan Gutiérrez en Trilogía sucia de La Habana. (De hecho, cita el título). Por eso, además de paseos por la ciudad, discotecas y sudor, encontramos un onanista en plena proyección cinematográfica y una brasileña asesinada al final del relato. Todo sin explicar, todo como caído del cielo. Además, hay errores de principiante: si estamos en el cine, con las luces apagadas, no se puede ver lo que contiene la mochila del que está al lado de una, haciéndose una… ya me entienden.
2.- Carlos Yushimito (Peru, 1977)
No recuerdo nada del relato de este chico, y eso que lo leí hace dos días. Recurro a mis notas: “no se entiende nada, intenta trabajar tanto la forma que la historia se hace muy enrevesada y no hay manera de enterarse de que va.”
Un ejemplo:
El tiempo aquí no es más que una cicatriz que se cierra rápido, Kunigami: dentro de poco, él mismo será nada más que parte del paisaje, de esa tierra seca que se quedara de nuevo quieta en el suelo, apisonada, domesticada, hasta que algo más la despierte. Y hoy es martes dieciséis de junio, su mano tiembla al escribirlo: martes, 16 de junio. Así al menos quedará un registro del movimiento que lo ha traído hasta acá, la mano subiendo con él, escribiendo, equilibrándose.
Carlitos, hijo: si no tienes nada que contar, haces un poco de deporte o te das un paseo con la novia. Pero no fastidies, tú.
3.- Oliverio Coelho (Argentina, 1977)
“Un hombre llamado lobo” es un fragmento de una futura novela. Coelho carga las tintas artificialmente en frases sueltas con la intención (adivino) de dar intensidad al relato. Lo malo es que luego el contraste entre esas frases y el resto de la narración denuncian muchas carencias. La narración no tiene la fuerza que pretenden las frases:
Frases sueltas de Oliverio:
1.Lobo tenía en la cara el miedo de alguien que vivió algo terrible.
2.Como si todas las fuerzas ancestrales que moran en un hombre, de repente y al mismo tiempo, lo sumergieran en una interioridad criminal.
Oliverio, rico: no he podido dormir esta noche. Tus frases son de tal profundidad (“fuerzas ancestrales” guau) que «me se» ponen los pelos como escarpias solo de pensar en ellas.
De verdad. Lo que hay que soportar.

4.- Rodrigo Hasbun (Bolivia, 1981)
Párrafos que no tienen nada que ver unos con otros. Trozos de lo que podrían ser (me imagino, por agarrarme a algo) apuntes en un cuaderno. Me huele esto a chaval que quiere escribir de forma moderna. Y eso no estaría mal si el lector encontrara alguna historia, algún personaje, algo. No me extraña que Alberto Olmos le diera la máxima puntuación (5 tinteros) cuando reseño su último libro (con Duomo) en el Qué Leer de noviembre.
Ejemplo de un suelto en medio de la ¿narración?:
todo lo demás. La piel suave. como tiene recortado el pubis. el sabor de su sexo. es dulce casi siempre. pero también me gusta las otras veces.
Lo de no poner mayúsculas es cosa de esta chico, Hasbun, que tan bien escribe. Me fastidia porque el procesador de textos me las pone de forma automática y debo volver a poner la minúscula. Hay que ver el trabajo que dan los jóvenes escritores.
5.- Albero Olmos (España, 1975)
El relato de Olmos ya lo comentamos hace unos meses. No pinchen en el enlace, yo se lo resumo: muy malo.
6.- Samantha Schweblin (Argentina, 1978)
Seis mujeres depilan las piernas de otra. Esta, a los 10 años de edad, conoce un pescador que no es su padre. Luego esa niña se cae de la bici y un niño le ayuda a levantarse. Cuando tiene 20 años consigue trabajo. Ese curro consiste en dejarse depilar las piernas. Hay una asistenta que recoge los pelos arrancados en bolsitas. A esa asistenta su padre le manda libros con lustraciones de peces: uno de ellos el Olinguiris (que da título al relato). La asistenta escribía poesías sobre peces y un día se va a la ciudad y encuentra trabajo en una tintorería [En este momento del relato me propuse llegar como fuera al final, tenía que ocurrir algo, tantos ¿símbolos? tenían que acabar en algo] De golpe aparecen dos libros de peces idénticos pero no se sabe por qué. Al final la asistenta y la clienta se miran. La segunda llora y la primera se acuerda de las láminas de peces. Punto y final. Se lo juro. Nada más. No pasa nada. Una de tres: o yo soy idiota (muy probable), o el alcohol me ha derretidos las neuronas, o Samantha Schweblin tiene mucha jeta.
7.- Andrés Neuman (Argentina, 1977)
Neuman presenta tres relatos cortitos. En el primero (4 páginas) el protagonista se beneficia a una ex monja. Intenta ser gracioso, el cuento, pero no lo consigue. El segundo (2 páginas) una brevísima historia de escritores. Tan breve que no sé lo que quiere contar. En el tercero (3 páginas) un hombre ingresa a su madre en el hospital. Este tercer relato solo contiene 3 frases felices, nada más:
1.Más de una vez he echado en falta a Dios al entrar o salir de un hospital.
2.La sencilla posibilidad de la muerte nos exprime de tal forma que seríamos capaces de perder cualquiera de nuestros principios.
3.La cercanía de la muerte nos vuelve atentos, afines al mundo.
Muy bien, Andrés. ¿Y qué más? Esas frases las apuntas en tu diario y quedan tan requetebién. Pero no me quieras vender como relato lo que no es más que tres frases acompañadas de paja hasta rellenar dos cuartillas.
8.- Sonia Hernández (España, 1976)
Se ha construido un muro con una puerta que permanece cerrada. Al otro lado del muro se oyen gritos que no parecen humanos. El resto no lo he entendido. O es muy profundo y yo muy simple, o na de na. Si lo hubiera firmado Patricio Pron, seguro que había en este relato una evocación de la dictadura de Pinochet, o algo así. Peor siendo de Sonia ¿?
9.- Javier Montes (Madrid, 1976)
Ocho páginas para contar que el periódico ha encargado al protagonista escribir un artículo sobre el hotel Imperial. Cuando le dan habitación en dicho establecimiento encuentra una pareja practicando sexo con una película porno como inspiración. ¿Y? Pues nada más. No hay personajes, no hay historia. Se podría argumentar como defensa que esto no es un relato sino un fragmento de novela. Cuando ya se han leído muchas novelas, como es mi caso, bastan 14 páginas para detectar un mal narrador. Y Montes no sabe como se hace. Lo de escribir, digo.
10.- Andrés Barba (España, 1975). Comentado ayer con detalle
11.- Pola Oloixarac (Argentina, 1977) Después de lo escrito sobre Pola en Bolmangani, ya está todo dicho.
12.- Federico Falco (Argentina, 1977)
Hasta el final de este relato tuve confianza en que algo tremendo iba a pasar: o la protagonista agarraba una moto sierra y, cual enajenado de La Matanza de Texas, se cargaba a los mormones o estos eran homosexuales y sadomasoquistas… Pero, nada de nada.
Cuqui quiere ser modelo de alta costura pero no da la talla. Aparecen dos predicadores mormones en la ciudad y Cuqui se enamora de uno de ellos. Al final los mormones se marchan y Cuqui se queda. Punto. La prosa de Falco es como la de aquellas redacciones que los niños de 12 años presentaban a su profesora junto con una manzana roja y brillante.
Si esto no fuera un relato, sino parte de una novela, podría uno pensar que se trata de una burla muy irónica y que al final, novela adelante, se descubrirá el pastel y, entonces, o nos reiremos mucho o pensaremos: qué inteligente es el autor. Pero es un relato, con su principio y su final. ¡Dios!

13.- Santiago Roncagliolo (Perú, 1975)
Roncagliolo tiene oficio y se nota. Su personaje, Carlitos, es verosímil. Sabemos por qué Carlitos es así (el autor nos da datos) y encontramos en Carlitos rasgos de gente que conocemos. Un relato entretenido el de Roncagliolo. Pero tampoco para tirar cohetes ¿eh?
14.- Pablo Gutiérrez (España, 1978) Nota importante: este autor es premio Tormenta en un vaso. ¡Guau, Guau, Guau. Impresionante, Pablo!
Un jugador de baloncesto veterano ha matado accidentalmente, en el transcurso de un partido, a un jugador del equipo contrario. Gutiérrez se ha aprendido cuatro términos del argot del baloncesto y los suelta sin entender del todo de qué va este deporte. La intención, creo, del autor es hacernos ver/leer lo que pasa por la cabeza de este jugador. Pero no lo consigue. Si quieren leer algo bueno sobre baloncesto pinchen aquí.
15.- Matías Néspolo (Argentina, 1975)
“La hoguera y el tablero” es un fragmento de su próxima novela. Un tal Tano quema unos papeles en la orilla (una orilla cualquiera, oiga) y luego se dirige a la cabaña del negro Brizuela. En ella encuentra una chica de muy buen ver que lo llama «Roberto». Tano piensa que lo confunde pero le sigue el juego (“Ella era una concheta y ese Roberto se la cogía”, gracias, Matías, por aclararme lo que eres incapaz de describir con tu prosa). Abandono la lectura en la página 10 porque no me interesa nada lo que le va a ocurrir a los ¿personajes? ¿personajes, qué personajes?
16.- Antonio Ortuño (México, 1976)
Es un cuento rarito, este. O eso percibo en las tres primeras páginas, que son las únicas que leo. Ya me he metido 250 páginas de esta “antología”. Además, se me ha terminado la ginebra. Puede que este relato sea la octava maravilla del mundo pero, lo siento, me lo voy a perder. No consigo entrar en la historia. No puedo más. ¡Socorro!
17.- Andrés Felipe Solano (Colombia, 1977)
Este chico necesita terapia. Su fijación con el pene tiene un nombre.
El hermano mayor había leído en un libro alquilado en la biblioteca del colegio sobre la ley judía que ordenaba que los prepucios de los niños circundados debían ser quemados como parte del rito.
(2 párrafos después)
En el baño se apresuró a escoger el orinal más alejado. (…) Antes de dejar caer el chorro tibio vio entrar al padre de las gemelas…
(1 párrafo después)
A pesar de que el hombre se hzo en la esquina opuesta, al hermano mayor le fue imposible aliviar su vejiga….que pensara que había escogido el rincón más oscuro del baño para masturbarse.
(150 palabras después)
El tipo seguía vertiendo un chorro largo como si hubiera tomado una docena de cervezas.
No tengo nada más que añadir.
18.- Alejandro Zambra (Chile, 1975)
De Zambra se recogen las primeras páginas de su novela Formas de volver a casa (Anagrama, 2011) que ya reseñamos en este blog aquí y aquí. Lo de Zambra no desentona.

19.- Andrés Ressia Colino (Uruguay, 1977)
Un padre interroga al amigo de su hija sobre las drogas que esta se está metiendo. El chico termina confesando (cocaína) y entonces el padre le dice que eso que consumen es normalmente mierda y que deben tener cuidado y comprar solo la de buena calidad. Para que lo entienda le da a probar su propia coca.
Así termina el relato:
-Toma, probá esto y vas a ver. Estas cosas se están perdiendo, y cuando desaparezcan definitivamente, entonces sí; entonces este mundo será una sola escoria, y la humanidad se matará entre sí por carroña.
Si un escritor nos quiere contar la historia de un padre de ese estilo, necesita trabajarse bien, muy bien, el personaje. Si no lo hace, como es el caso de Ressia, queda algo ridículo, como lo que acaban de leer.
No se vayan, aún hay más: Por el camino, y sin tener nada que ver con la historia, Ressia mete, así sin avisar, un penal con presos políticos torturados. El autor es muy listo y sabe que estas cosas tocan la campanilla progre del subconsciente de los editores. Te hemos pillado, pillín.
20.- Elvira Navarro (España, 1978)
¿Recuerdan aquellas películas que hace 20 años nos parecían el colmo de la modernidad y que hoy, con más experiencia en detectar fraudes, sabemos que son basura?
Algo así eran esas pelis ¿recuerdan?:
Primer plano: la chica ríe. Segundo plano: la chica llora. Tercer plano: el chico se masturba. Y todo sin sonido. Se acuerdan ¿verdad?
Pues eso escribe -igualito- Elvira.
Después de leer todas las novelas de Andrés Barba y de descifrar su truco (complicadísimo, oiga), me he dado cuenta de que Elvira ha leído las cosas estas de Barba. Sus adolescentes traviesas son marca Barba. Os he pillao con el carrito del helao.
21.- Patricio Pron (Argentina, 1975)
De lo de Patricio solo he leído el primer párrafo. Ya está bien. No pierdo más tiempo con este chico. Estoy harta. Les copio el principio de su relato y díganme ustedes si les apetece seguir leyendo:
01.Unos años atrás, cuando yo era joven y no había leído aun a Sigfried Lenz ni a Arno Schmidt –y, por el caso, tampoco a Kurt Tucholsky, a Karl Valentin o a Georg C. Lichtenberg; más aún, todavía no había leído a Jakob van Hoddis, a Kurt Schwitters o a Georg Heym, al desafortunado y triste Georg Heym- y pese a todo quería convertirme en escritor, viví bajo el escritor argentino vivo.
(Lo he repasado para no errar en ningún nombre). Les aclaro que todos los nombres son reales. Con lo que peor. Harta me tienes, Patricio.
22.- Carlos Labbe (Chile, 1977)
Carlos Labbe es un escritor moderno. Y si usted no entiende lo que escribe, entonces, usted es un antiguo y un inculto. Que lo sepa.
Un ejemplo de la prosa se Labbe:
Albur, el videojuego
Segundo nivel, quinta etapa: los cuerpos.
La distorsión del agua nos deja notar apenas que esos cuerpos no son esqueletos, sino masas de carne vestida, ojos abiertos, ojos cerrados, pelo largo y blanco, manos crispadas hacia adelante, uñas rotas de quien incluso en la movilidad intenta defenderse. La piel de ellos ha sido cubierta por las algas barrosas, se apilan y se confunden entre los restos de latón oxidado, plástico, basura, madera destruida por las corrientes y convertida en material blando como todo en el fondo del lago.
Labbe es tan moderno que ha escrito «una novela hipertextual», o eso dice la presentación que en la antología se hace de este «escritor».
Agustín Fernández Mallo está preparando la traducción de los textos de Labbe al castellano. Gracias, Agustín.
Agustín: ¿qué es una «novela hipertextual»?
Esto es todo, amigos.